Aguas terrenas y densa niebla, el firmamento que hoy las aleja, en el antes, en el inicio de nuestros inicios, las religaba en fusión etérea. El segundo día de la creación sellaría pues, el arquetípico orden de aquellas masas incorpóreas, húmedas y gélidas, que cedían ante la “extensión” del manso horizonte, desplegado dócilmente por orden de la Voz inconmovible, la Voz eterna.

Allí, en el agitado comienzo de las cosas, durante el merodear del Hacedor, Alef hace presencia, en medio de dos fuerzas opuestas que plasman en la creación una curiosa paradoja: la ambivalente proximidad del Artífice del cosmos, Gran Arquitecto del universo a su obra, y el alejamiento insensato, que en la posteridad, propiciará su barro vivificado, viejo compañero del Edén: el hombre…

La revelación de la verdad absoluta al pueblo que yacía postrado ante el monte Sinaí, igualmente comienza con Alef. Entre truenos, vientos y agitaciones del alma, descendía la presencia misma del Arquitecto.

Fue decretado que las realidades eternas no se encontraran, que permanecieran distantes; pero ese día, descendió la nube y Moisés se acercó a ella. He allí Alef (א), y la ilustración de sus iud superior e inferior, como para evocar aquella oportuna y esperada absolución que transformaría por los siglos de los siglos, la concepción humana de la divinidad…

(@scutarohdd en Twitter)

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