caras

Carmelo Urso

twitter: @carmelourso

Recientemente, la institución en la que trabajo me ha solicitado organizar un taller básico de redacción para algunos empleados que desean mejorar su expresión escrita. En realidad, llevo algo así como un cuarto de siglo enseñando a leer y escribir. No porque sea docente graduado –mi profesión es periodista– sino porque siempre me ha apasionado el tema.

Tal vez tenga que ver el hecho de que mi madre era una excelente maestra. No la emulé en el ejercicio de la docencia, pues esa actividad está muy mal remunerada en mi país y soy un padre de familia con cuatro bocas que alimentar (incluyendo la mía). Sin embargo, suelo abordar las posiciones gerenciales que me toca desempeñar con espíritu pedagógico. Al parecer –por lo que me dicen algunos colegas– se me da bien enseñar.

libros

La primera vez que dicté un taller fue a los 18 años, en la Universidad Central de Venezuela (UCV). Aquella vez fui contratado por el Consejo Nacional de la Cultura (CONAC) para desarrollar una actividad de iniciación literaria entre mis compañeros de clase en la Escuela de Comunicación Social. Organicé un grupito de diez personas y una vez a la semana facilitaba una dinámica sobre algún escritor contemporáneo: recuerdo los nombres –ahora un poco distantes– de autores como Lewis Carroll, Franz Kafka, Jean Paul Sartre, Witold Gombrowicz, Peter Handke, James Joyce y Jorge Luis Borges. Analizábamos textos, recomendábamos libros y compartíamos algunos escritos personales. Fueron dos bonitos semestres.

Pasó el tiempo, me gradué de periodista y me olvidé de los talleres literarios. Con los años, me dediqué a dirigir oficinas de relaciones públicas y coordinar equipos de prensa. Donde estuve siempre infundí en mis colegas la sana obsesión por escribir bien. Y escribir bien significa redactar con corrección, belleza, gracia y originalidad.

Jean Paul Sartre
Jean Paul Sartre

Con mis compañeros de trabajo solemos estudiar estrategias retóricas, podar defectos de estilo y ensayar diversos tonos narrativos. En lo posible, evitamos los lugares comunes; intentamos que cada texto esté limpio de cacofonías, barbarismos, yerros ortográficos, anfibologías y demás tropiezos escriturales. Sobra decir que somos un poco perfeccionistas.

Tenemos el mérito –además de la paciencia y la facilidad– de laborar con gran cantidad de pasantes. Me encanta trabajar con ellos porque, por lo general, tienen muchas ganas de aprender. Normalmente, cuando alguien ingresa como novato en la coordinación, lo someto a un diagnóstico. Se trata de un examen silencioso e informal que me permite medir sus capacidades.

Cacofonía

Lo primero que hago es ponerle a leer un texto relativo a la empresa. Algunos leen con avidez, otros fingen un interés difuso y hay quienes evaden la lectura como si de algo tóxico se tratara. Aquí hago una primera clasificación. Luego, les mando a redactar una nota de prensa sobre algún tema que no dominen bien. Laboro en un ente cultural en el que organizamos conciertos de la más diversa índole. Si sé que al susodicho no le gusta la música académica, ése es el primer tema sobre el cual le encargo escribir: le obligo así a investigar, documentarse y salir de su zona de comodidad intelectual. Si el novato se adapta, con el paso del tiempo le asigno tareas más atractivas –aunque siempre incrementando el nivel de dificultad. Finalmente, si logra enrolarse en la institución, lo ubico donde mejor se desempeñe.

periodista

Cuando nos toca dirigir una unidad hay tres actividades fundamentales: seleccionar bien al personal, entrenarlo en las tareas que desarrollará y darle confianza para que crezca y asuma retos mayores. Estos procesos requieren de un diagnóstico permanente. La palabra diagnóstico –del griego dia (“a través de”) y gnosis (“conocimiento”)– es utilizada por disciplinas científicas y sociales en alusión al análisis que se hace de una situación, objeto o persona, recolectando datos que son ordenados y estudiados sistemáticamente. A partir del diagnóstico se toman decisiones, se formulan planes y se optimiza el uso de recursos físicos y humanos.

A la hora de desarrollar un programa pedagógico como el que me ha sido encargado es conveniente elaborar un diagnóstico individual y grupal de los participantes. De hecho, la lectura en voz alta del presente texto será una de las primeras actividades del taller; esta dinámica me permitirá recoger rápidamente algunos datos: si la lectura fuere fluida e intencionada, sabré que el participante lee con frecuencia y tiene un carácter extrovertido; si no lo fuere, deduciré que el tallerista o bien no tiene la lectura como hábito o tal vez es algo tímido en su expresión pública.

escritor loco

Para no dejarme llevar por la primera impresión, asignaré una segunda tarea: redactar un texto de 50 líneas –repartido en párrafos que no superen los siete renglones– en el que cada tallerista relatará cuáles son las cosas que más le gusta hacer en la vida, cómo fueron sus estudios secundarios o universitarios y qué es lo que más le complace de trabajar en nuestra empresa. Al igual que un partido de futbol, tendrán hasta 90 minutos para finiquitar su encargo. Quien termine antes, podrá dar por terminada su primera sesión del taller.

En un par de frases se pueden esconder cruciales defectos de redacción. Pero en 50 líneas podré apreciar, en toda su magnitud, los problemas e insuficiencias escriturales de cada participante –así como sus potencialidades y virtudes. Tendré suficiente materia prima para elaborar mis diagnósticos, los cuales remitiré al gerente de área para su consideración y usos consiguientes.

mano que escribe

Luego, a lo largo de 16 intensas semanas, estudiaremos con entusiasmo los aspectos básicos del arte de la escritura –desde la acentuación de las palabras y la correcta estructura de la frase hasta la redacción de cartas y micropoemas. Con tales herramientas a mano, dedicaremos la última semana a la autocorrección de ese lejano texto borroneado en la primera clase, dinámica que servirá para diagnosticar hasta dónde han llegado los avances de cada tallerista.

Espero –y pongo mi fe en ello– que de este fructífero encuentro el así llamado facilitador y los así llamados alumnos se igualen en el siempre hermoso proceso del aprendizaje. Una aventura en la que el pretendido pedagogo suele atesorar inolvidables enseñanzas; lecciones impartidas con una mezcla de ingenuidad y picardía por esos compañeros de vida a los que afectuosamente llamamos estudiantes.

The Ghost Writer

Anuncios

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión / Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión / Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión / Cambiar )

Google+ photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google+. Cerrar sesión / Cambiar )

Conectando a %s