Naisha vivió con sus abuelos en el antiguo Mumbai. Ellos pensaban que ella era un regalo de los dioses por ser hembra y varón a la vez. La pensaron más niña por su extrema belleza y por eso le otorgaron un nombre femenino. Sus padres por el contrario, creyeron que era algún tipo de maldición, pues el padre de la niña deseaba tener un varón por sobre todas las cosas, y la naturaleza ya había tomado una decisión, así que iba a ser abandonada cuando sus abuelos decidieron conservarla y criarla como un “ser especial y bendito”.

Durante su infancia nunca tuvo problema alguno, ya que la formación que recibió fortaleció su personalidad y nunca se avergonzó de ser lo que era. Pero una vez se hizo adolescente todo cambió. Naisha debía cumplir con las normativas sociales y mudarse con los de su mismo género a un barrio distante.

Una vez allí, Naisha notó que a diferencia suya, en este lugar todos se sentían marginados, había una tristeza disfrazada entre ademanes de hombre pretendiendo ser mujeres y mujeres queriendo comportarse como hombres. En su casa nunca le dijeron que debía comportarse de alguna manera, sólo debía ser lo que su naturaleza le pidiera. Esa era ella realmente.
hermafrodita

Pasaron semanas y ella comenzaba a confundirse cada vez más; nunca se sintió parte del grupo.

Una noche, mientras meditaba, en su mente se formó una imagen que no era nada parecida a lo que ella conocía, pero que le era tan familiar como su mismo rostro. Repentinamente una sensación de paz la invadió y lágrimas de alegría brotaron de sus ojos cerrados.

Era la imagen de Ardhanaríshwara, el avatar hermafrodita de Shiva. Era la combinación de lo femenino y lo masculino en un solo ser.

Ese momento se convirtió en lo eterno. Comprendió que en esa visión Shiva intentaba decirle que no dudara, que ese avatar era también ella misma aceptándose tal y como era. Ella era el amor, la paz, la dualidad de la naturaleza… era perfecta.

Entre su felicidad, oró por todos aquellos que no tenían la dicha de saberse especiales y por todos aquellos que no eran capaces de aceptar los designios de la naturaleza. Bendijo a sus abuelos por haberle mostrado el camino a la felicidad y perdonó la ignorancia de sus padres. Naisha estaba enteramente en paz y en un suspiro de armonía, se transfiguró, para convertirse en una gota de divinidad.

Kaonashi

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