drogas y dólares

A sus catorce, Rodolfo había vivido mucho más que los otros jóvenes de su edad. Su abuela, su padre y su tío no tenían precisamente una relación familiar amorosa y tranquila. Todo en sus vidas era controlado por la desesperación de la necesidad y el dinero mal habido. En su hogar las trifulcas y palizas entre hermanos eran mucho más comunes que una cena en silencio.

Esa familia tenía mala fama en La Concordia: el padre de Rodolfo era dealer, el tío un borracho y la abuela era nada más que una viejita cabrona. Al único al que la vida no se había encargado de arrastrar a la inmundicia era al muchacho.

Todo el mundo hablaba de ellos, de sus malas mañas, de sus comportamientos inmorales, de sus negocios turbios, de sus descaros. Rodolfo no era como ellos. Pensaba que la gente era injusta por juzgarlo por haber nacido en esa familia.

Él era un muchacho bueno, pero lleno de resentimientos. En el fondo los odiaba a todos. Lo que más deseaba era librarse de su desesperanzador futuro junto a su familia. Rodolfo no quería sentir más vergüenza, que en el liceo ya nadie lo señalara. Quería ser él mismo y no “el hijo del camello de la vereda 19”.

El único instrumento que tenía para salvarse de su destino, era su fe. Todos los días elevaba una fervorosa plegaria a San Judas Tadeo, patrono de las causas difíciles, para que, según sus propias palabras “le ayudase a solucionar sus problemas… al costo que fuere”.

***

Aquella noche, una pelea de las habituales desató el infierno entre los dos hermanos.

Rodolfo estaba viendo “Quien quiere ser millonario” en la sala, cuando su tío entró tambaleándose de borracho hasta el cuarto y se tumbó en la cama. A los pocos minutos, el camello entró resoplando endemoniado.

Bate en mano y con los ojos inyectados de ira, le preguntó a Rodolfo:

-¡¿Pa’ donde se fue el güevon ese?!

Rodolfo inocente, señaló el cuarto.

Acto seguido, un estruendo grotesco se escuchó en ese cuartucho: gritos de odio; el sonido seco de los golpes de un bate contra un costado humano; los alaridos desesperados de la abuela para hacer que el camello se detuviera; quejidos de dolor ahogados entre gargarismos de sangre de la víctima.

Repetidas veces el camello volcó su ira contra su hermano mayor, el borracho.

Encerrado en el baño, Rodolfo estaba aterrado. Temblando de miedo y ahogando su llanto para aparentar la valentía de un hombre y no la cobardía del niño que era, estrujó con sus manos la estampita de San Judas Tadeo y con todas las fuerzas clamó por que lo librara de esa tragedia. Ya no podía soportarlo más.

Cuando la calma vino, un silencio sepulcral invadió la casa. Aterrado, Rodolfo salió del baño para encontrar a su tío moribundo entre las sábanas ensangrentadas, a su papá desmayado en el suelo y a su abuela llorando exánime en una esquina de la cama.

Perplejo por la iniquidad de aquel cuadro dantesco, corrió fuera de la casa hasta llegar a la casilla policial.

***

Cuando los agentes llegaron a esa casa, el camello se había ido y el borracho estaba muerto.

La abuela negó de plano que el camello le hubiera hecho algo así a su hermano. Otra vez hacía de alcahueta. Por supuesto, la policía no le creyó y culpable como era, se la llevaron por encubrimiento de un crimen.

Todo terminó allí.

Días después, ya más sereno, Rodolfo le atribuyó a San Judas Tadeo todo lo que sucedió. Solo él pudo haber escuchado sus plegarias y resuelto sus problemas. Aún está agradecido con el santo, aunque el precio de su tranquilidad haya sido su familia.

Kaonashi

San Judas Tadeo

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