jose gregorio hernandez

Por André Reinoso

https://twitter.com/andrejoareinoso

Aquella noche de Semana Santa, Carmelo y Francisco discutían acaloradamente, no sobre deportes, política, guerra, libros, cine o mujeres ¡No! El motivo de esa pugna verbal era otro hombre, un santo según muchos.

-¿Pero cómo quieres tú que yo te considere serio chico, si le rezas y pides a un señor que ni siquiera la iglesia católica ha reconocido? Si vas a orar pídele a santos serios, como el luchador ése de los mexicanos, o a Santos el presidente de Colombia.

Ignorando las risas e ironía de su hermano, Carmelo respondió:

-Francisco, el doctor José Gregorio se lo merece ¿No has escuchado de la cantidad de gente que atestigua sus milagros, de sus curaciones, de lo que hizo en vida como hombre? ¿Recuerdas cuando curó a nuestra madre? hasta ella misma nos dijo que él la había operado en sueños, que le sonrió…

Riendo sarcásticamente, Francisco le dijo:

-¡Déjate de mariqueras, Carmelo! Ya estás muy grandecito para la vaina, me vas a decir que en pleno siglo veintiuno, con curas pedófilos, monjas cabronas y un Papa nazi voy a estar creyendo en esas vainas. No compadre, mujeres, cerveza y billete, eso es lo que vale. Pareces una vieja evangélica; y mira, mejor me voy porque hay que aprovechar lo que queda de “semana zángana”.

Ambos hermanos se despidieron, y a medida que se alejaba en su carro último modelo, Pacho, como le llamaban cariñosamente, observaba por el retrovisor humedecido por la lluvia a Carmelo que “le echaba cruces” a manera de despedida.

–Qué vaina con mi hermano -se dijo, mientras bebía otro trago de 18 años- siempre la misma conversa cada Semana Santa. Benditos los escoceses, esos carajos que hacen este whisky sí merecen la beatificación.

Mientras se entregaba a sus cínicos pensamientos, el velocímetro marcaba más de 180 kilómetros por hora y aquella curva de la Cota Mil le resultó muy dura a los reflejos intoxicados de Francisco.

La mezcla de alcohol, velocidad y las luces altas de aquella camioneta que apareció de pronto contribuyeron al desastre. El Chevrolet cruze 2012 se precipitó cerro abajo. Rodó, rodó, rodó hasta que por fin se detuvo. Sin embargo, no fue el punto final de la vida de Francisco, pero sí la entrada a un coma que suele ser una especie de muerte con puntos suspensivos.

-¿Cónchale dónde estoy? -se preguntó Francisco con voz onírica, mientras sentía que flotaba.

-Ésa es la misma pregunta que todos se hacen cuando están en este lugar que no tiene nombre, pero a donde todos llegan cuando están cerquita de montarse en la barca de Caronte.

Pacho, sorprendido, trató de mirar a quien le hablaba desde las tinieblas, algo que le recordó una escena de la película El Exorcista.

-¿Quién es usted y quién es ese tal Caronte? -preguntó con frágil valentía.

-Soy quien te va a sacar de este limbo, de este feo sueño, y no porque te lo merezcas. Lo hago por esa gente tan buena como tu madre, tu esposa y sobre todo tu hermano, ellos no merecen ese dolor. Por eso voy a hacer una excepción, les voy a conceder el milagro. Te voy a salvar Francisco.

De pronto, una luz iluminó aquella nada y un hombre sonriente de frondoso mostacho, de bata blanca y sombrero posó sus manos sobre el corazón de Francisco que comenzaba a latir de nuevo mientras lo miraba con los ojos más puros que jamás vio. Y comenzó a llorar como cuando se nace, con ese llanto de neonato repleto de vida. Entonces escuchó oraciones, pensamientos, rostros, risas, canciones, y ya no tuvo miedo.

-¡Bendito seas José Gregorio! ¡Bendito seas! -gritó Pacho.

Un año después, la milagrosa recuperación de Francisco continuaba asombrando al gremio médico que no atinaba a responder como ese “colega divino”, ese hombre que murió atropellado por el único carro que había para su época en Caracas; ese santo andino retratado en estampitas y esculpido en yeso a quien llamaban Siervo, Venerable o simplemente Doctor José Gregorio, le había salvado la vida al mundano hermano de Carmelo.

-Apúrate que ya va a empezar la procesión, hermano. Yo estoy seguro de que muy pronto van a beatificar a José Gregorio; claro, cuando llegue un Papa latinoamericano, pero ya vas a ver. Qué importa que los santeros le pidan “milagritos” o que se niegue la verdad de sus curaciones. El doctor se ha ganado el título de santo; vas a ver que un día de estos el mismito Dios le va entregar su diploma.

Con estas palabras, un sonriente Francisco encabezaba aquella procesión de fe que abarrotaba las calles de Isnotú en plena Semana Santa. Caminó mucho, sin perder la sonrisa ese día. Agradecido con aquel hombre de mostacho y sombrero convertido en santo por méritos propios.

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