Por: André Reinoso

El alma no entiende de géneros
El alma no entiende de géneros

Ya era la sexta vez que Omar era ultrajado en esa celda hacinada, sucia. Esta vez habían sido cinco hombres quienes a fuerza de puñal lo habían abusado durante horas, tomándolo repetidamente cerca de aquel hediondo lavabo. Todavía percibía el olor que sólo parece concentrarse en el frío piso de los baños de una cárcel. Ahora sentado, con su cabeza entre las piernas, sollozaba mientras escuchaba el gotear del agua que caía de las viejas tuberías. Se preguntaba el porqué de aquella situación. Sabía que era culpable. Pero el castigo debía ser impuesto por las leyes, no por aquellos seres exentos de razón, esas bestias humanas que usaban sus penes como símbolo de dominación, de humillación, de poder.

Tenía ya nueve días en esa prisión del occidente venezolano, y desde que entró sabía que no iba a ser fácil para ella. Sí para ella, porque aunque fue procesado como hombre, se sentía mujer, porque en su cuerpo convivían las primigenias características que definen al macho y a la hembra.

Omar era hermafrodita. Un ser intersexual como les había dicho aquel médico a sus padres hacia ya tanto tiempo. Sin embargo, Omar se sentía mujer, a pesar del deseo de sus padres por criarlo como varón.
Aquel deseo de sus progenitores fue motivo de conflicto con su familia. Él se sentía dueño de su cuerpo, de sus decisiones. Por eso abandonó la seguridad del hogar materno y se hizo hija de la noche, vendiendo su cuerpo en aquella transitada avenida caraqueña.

De pronto, una risotada sacó a Omar de sus cavilaciones. Nervioso se incorporó y huyó hacia un lugar por donde se colaba una luz mortecina. Necesitaba lavar sus partes, sobre todo por la rudeza con que fueron socavados.

Sobrevivir en medio de esas sucursales del averno era primordial, sobre todo cuando los internos le miraban con desdén y murmuraban entre ellos que “llegó la mariquita caraqueña”. De pronto, reflexionó sobre por qué se encontraba en ese lugar decadente, en ese reducto de la miseria, en ese oscuro hoyo donde el alma se quiebra. Estaba allí porque había matado a Juan Pestana, ese amigo de toda su vida que lo abordó en su trabajo habitual de la avenida Libertador, con quien se fue porque que quiso darle una lección de vida, hacerle pagar el desprecio conferido antaño.

Pero jamás imaginó que a Juan, luego de revelarle su verdadera identidad, los instintos asesinos, los escrúpulos – esos que abordan a todo aquel que después de haber desahogado sus instintos le invaden- tratara de silenciarla para siempre con el fuego del calibre 9 milímetros de su arma de reglamento. Porque Juan Pestana, era policía.

“Coño e´madre, eres tú”, le gritó el efectivo luego de que “Libertadora” –apodo con el que se hacía llamar en el mundo de la prostitución- le confesará que era Omar Sanchéz. El muchacho marica con dos sexos, aquel con el que compartió muchos juegos y cervezas en tiempos de bachillerato. Aquel que le dijo que su condición de hermafrodita era un regalo de los dioses, un prodigio de la naturaleza.

Omar recreó en su mente aquella escena ocurrida en ese viejo hotel de la zona rental de Plaza Venezuela. Rememorando el forcejeo entre ambos. A Pestana se le olvidó que “Libertadora” tenía la fuerza de un hombre y el disparo de su arma llenó de plomo su poblado pecho.

Siempre anheló la venganza, pero una dulce, llena de risas revanchistas. No esa teñida de sangre y escándalo. El tipo era padre de familia, casado, querido por sus colegas, algo que magnificó su cacería, su captura, su castigo.

“Ahí les dejamos esa puta. Cójansela hasta que puedan. Eso es para que aprendas que a los policías no se matan”. Como un pedazo de carne arrojado a los perros había sido lanzado Omar a lo profundo de aquella prisión.

Nuevamente fue abordada “Libertadora”. Requerían sus servicios por las buenas o por las malas. Ni siquiera el lujo de la tranquilidad podía darse en ese sitio. Había demasiados presos ansiosos, lujuriosos. Se entregó, sin condiciones. Fue presa de los más cruentos actos lascivos. Sólo pidió algo a cambio.

En la mañana fue encontrado colgando el cuerpo de Omar Sánchez y “Libertadora” del marco del baño de la prisión. Una correa de manufactura colombiana rodeaba su delgado cuello y una erección se asomaba en aquel cuerpo desnudo que albergó aquella alma de mujer atrapado en el cuerpo de un hombre con pensamientos de ovarios, con sueños de útero.

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