La pasión no tiene color
La pasión no tiene color
Por André Reinoso

Los tres toyotas lucían como mosquitos ante la majestuosidad de la Gran Sabana, esa que parece tragarse todo con su imponencia, con su belleza intimidante, con esa apariencia de postal prehistórica enclavada en el sur venezolano. Ya habían transcurrido doce días de una expedición fotográfica que prometía revelar los secretos mejor guardados de Venezuela, y que por supuesto serían inmortalizados en cientos y cientos de imágenes que irían a llenar los álbumes de las cuentas en facebook de la mayoría de los veintiún involucrados en ese paseo que prometía ser inolvidable.

Pero para Natalia De Sousa y Brian Pérez ese viaje significaría algo más que tomar fotos de montañas, caminos, ríos, mares o animales.
– Hola mi nombre es Brian Pérez.
– Hello. Soy Natalia…

La rubia Natalia recordó ese primer saludo entre ambos. Le llamó la atención el contraste de la piel oscura de Brian con su blanca sonrisa, así como sus drelos. Le enterneció su saludo nervioso, su mirada de niño, su caballerosidad al momento de ofrecerle su puesto con mejor vista del paisaje.

Y cuando el rústico emprendió viaje a Sanare -primer destino de la ruta- no paró de hablar con él. Se descubrió riendo, compartiendo. Le sorprendió lo cómoda que se sentía con ese muchacho llamado Brian.
Pasaron los días y la confianza entre ambos fue creciendo. La sonrisa del chico, su natural simpatía, y sus grandes conocimientos en el arte de perpetuar imágenes, se fueron sembrando rápidamente en el corazón de Natalia. Jamás imaginó que haría tan buenas migas con ese muchacho de Petare, emprendedor, orgulloso de sus orígenes, graduado de sociólogo, el menor de seis hermanos. El orgullo de una hermosa vieja negra llamada Blanca Pérez.

Lo que comenzaba a sentir Natalia pudo más que la presión de sus amigas de viaje que le increpaban el hecho de andar por todos lados con ese “tipo”.

“Chama, pero qué haces con ese negrito tan acaramelada”. “La gente está empezando a hablar”. “Nos sacas el culo a cada rato”.”¡Cónchale si le vas a poner cachos a Daniel pónselos con otro!”.
“Yo ando con quien me dé la gana”, les había respondido.

A sus 28 años, Natalia se había embarcado en esa aventura fotográfica para escapar del ajetreo de la jungla caraqueña, y sobre todo, para respirar del compromiso matrimonial que le esperaba a su regreso. “Mi amor cuando regreses de tu viaje serás la señora de Leone”, le había dicho su prometido.

-Princesa tienes muy buenas fotos de Sanare y de Paraguaná. Estaba viendo las de Mérida, están excelentes, tal vez te sentiste como cuando fuiste a Suiza. No voy a olvidar cómo lloraste cuando fotografiaste el par de caimanes muertos en las aguas del Capanaparo. Las de Ciudad Bolívar no le pusiste mucho empeño, pero ahora veo que la Gran Sabana te ha impactado. Te aseguro que la vas a recordar siempre.

Brian la rodeó y tomando sus manos le mostró la mejor manera de capturar la imagen de una bandada de guacamayas que volaban alegres. El contacto estremeció a la futura esposa de Leone.
Natalia le respondió:

-Tienes razón, la voy a recordar siempre.
En ese momento, la señorita De Sousa giró y clavó sus ojos en un tembloroso Brian Pérez que tragaba saliva. Acto seguido, los labios de ambos se juntaron mientras la cámara que pendía del cuello de la muchacha se disparó, fotografiando una caravana de hormigas. Fue un beso largo, delicioso, ansiado. Luego de conocer sus lenguas, Natalia -al notar voces y risas que se acercaban- le susurró en el oído al joven sociólogo:
– Brian. ¿Jugamos al secreto?
Lo que pasó después fue tan natural como el colchón de follaje que encontraron. La dulce Natalia, la “niña bien”, la sifrina de Prados del Este, gimió como nunca al ser seducida y tomada por horas por su amante de color antracita. La chica se atrevió a explorar su cuerpo como nunca antes, valiéndose de sus dedos y exprimiendo al máximo el falo de aquel hombre que parecía hecho de la noche. Juntos, gozaron en placentera sincronía alcanzando clímax insospechados.

De vuelta al campamento, los amantes eran blanco de todas las miradas – en especial de las amigas de Natalia. Los murmullos, risitas y comentarios irónicos pululaban como los mosquitos en el ambiente. Luego de una breve reprimenda del jefe de la expedición sobre los peligros de ausentarse en la selva, Natalia y Brian sonrieron cómplices mientras se miraban traviesos desde sus bolsas de dormir.

– Mariusa es el nombre con que los warao llaman a esta zona del Delta del Orinoco – explicaba Manolo el guía- y Wirinoco es el lugar donde se rema y donde habitan los hombres de río o de piragua, o sea los warao. Así que chicas y chicos, preparen sus cámaras porque de pronto captan algo que jamás nadie vio, aquí hay mucho bicho raro. Aprovechen que sólo quedan horas para regresar.

Durante la sesión en el Delta, Natalia evitó por todos los medios a Brian. Esquivó amablemente sus preguntas y se limitó a hablar sobre la belleza inigualable de Venezuela. Brian notó que Natalia había hablado en demasía por su teléfono, y comenzó a darse cuenta que la realidad estaba comenzando a tocar su puerta.

Fotos, fotos y más fotos. Ya en el aeropuerto de Maiquetía, el intercambio de pines, cuentas de facebook, Twitter, números telefónicos y demás, complementaban el concierto de abrazos y besos entre quienes compartieron quince días de aventura…y de secretos. Muchos hablaban sobre las locuras de las sifrinitas caraqueñas, que ebrias hicieron de los toyotas hoteles ambulantes, y de cómo compartieron guías y conductores.

Mientras tanto, Brian y Natalia se miraron por largo rato, para luego fundirse en un incómodo abrazo.
– Mi familia ya está aquí Brian –dijo nerviosa Natalia- ya me tengo que ir. Espero estés súper bien…no te olvides de mandarme las fotos. Bye, cuídate muchísimo.
Brian observó alejarse a Natalia. De pronto una de las amigas de Natalia se le acercó y le dijo con sorna.
– Chamo revisa las páginas sociales dentro de un mes. ¿Crees que Naty iba a tomar en serio a un tipo como tú? Bájate de esa nube.
Y así fue. El enlace entre Natalia de Sousa y Daniel Leone, adornó una página entera de la sección social de un reconocido diario capitalino. Brian observó la página completa, fijando sus ojos en la nívea novia. Sólo pudo sonreír.

Un año después, Brian miraba con nostalgia las fotos de aquella travesía, en especial aquella donde agachado y en el medio, a su lado se encontraba Natalia, su insospechado y furtivo amor.
De pronto, un extraño mensaje vibró en su celular y su corazón dio un vuelco al leerlo.
– ¿Jugamos al secreto?

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