Simón Bolívar 3D contemporáneo

Julio Alejandro Wilckock

Simón Bolívar llegó a la ciudad neogranadina de Santa Marta el 1° de diciembre de 1830. Días antes, en misiva escrita al general Rafael Urdaneta, confesaba: “No es creíble el estado en que se encuentra mi naturaleza. Está casi agotada y no me queda esperanza de restablecerme enteramente en ninguna parte y de ningún modo”.

En la urbe samaria, le recibió el médico francés Alejandro Próspero Reverend. Tras examinar a El Libertador su diagnóstico fue descorazonador: “Le encontré en el estado siguiente: cuerpo muy flaco, extenuado el semblante adolorido y una inquietud de ánimo constante. Finalmente, la enfermedad de Su Excelencia me parece de las más graves y mi primera opinión fue que tenía los pulmones muy dañados”.

Con el paso de los días, el estado de salud del Genio de América se agravó. Así, el 10 de diciembre de 1830, consciente del fatal desenlace que se avecinaba, decidió dictar su postrera voluntad. En su lecho de moribundo, le rodeaban los generales José María Carreño, José Laurencio Silva y Mariano Montilla. También se encontraban sus íntimos amigos Joaquín de Mier, Fernando Bolívar y el notario Catalino Noguera.

Con la voz ahogada de emoción, dictó Bolívar su última proclama:

“Colombianos: Habéis presenciado mis esfuerzos para plantear la libertad donde reinaba antes la tiranía. He trabajado con desinterés, abandonando mi fortuna y aún mi tranquilidad. Me separé del mando cuando me persuadí que desconfiabais de mi desprendimiento. Mis enemigos abusaron de vuestra credulidad y hollaron lo que me es más sagrado, mi reputación y mi amor a la libertad. He sido víctima de mis perseguidores, que me han conducido a las puertas del sepulcro. Yo los perdono.

Al desaparecer de en medio de vosotros, mi cariño me dice que debo hacer la manifestación de mis últimos deseos. No aspiro a otra gloria que a la consolidación de Colombia. Todos debéis trabajar por el bien inestimable de la Unión: los pueblos obedeciendo al actual gobierno para libertarse de la anarquía; los ministros del santuario dirigiendo sus oraciones al cielo; y los militares empleando su espada en defender las garantías sociales.

¡Colombianos! Mis últimos votos son por la felicidad de la Patria. Si mi muerte contribuye para que cesen los partidos y se consolide la Unión, yo bajaré tranquilo al sepulcro”.

Hacienda de San Pedro, en Santa Marta, 10 de diciembre de 1830.

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