carabelas españolas

Luis Salgar

-Suelten los cabos, leven anclas.
Don José de la Mosquera, capitán general de la digna corona del
imperio español, al mando del galeón Mi Princesa, con 200 hombres al mando, iba a dirigir la expedición.
Eran hombres avezados en las lides bélicas y en la navegación.
-¡Mis queridos soldados, coterráneos, hoy iniciaremos una expedición de conquista, hacia el nuevo mundo, iremos a unas islas que aun no han sido visitadas, las conquistaremos y las pondremos al mando, de nuestro gran reino español. Honremos nuestra corona.
-HONREMOS NUESTRA CORONA -dijeron al unisono.
Dio la orden de partida.
-En marcha, mis queridos soldados.
Las gaviotas, acompañaban al barco en su travesía, pero llegó un
momento en que dejaron de verse; tampoco se veía tierra firme, y la noche se cerró sobre la nave, era una noche sin luna, tétrica,
tenebrosa. La única luz que se veía era la que salía de los candiles, y la pequeña luz de los cigarros de los fumadores.
A lo lejos, se oían las canciones de las sirenas, no la de las
míticas, sino de las imponentes ballenas azules.
Don José de la Mosquera, era un militar ducho en los menesteres de la guerra. Participó en la reconquista del reino de Granada, en manos de los musulmanes, y luchó en otras muchas batallas más. Era un héroe español, y los reyes lo recompensaron con una empresa fácil: ir a conquistar unas islas en manos de unos pocos seres, desarrapados y timoratos, era como unas vacaciones.
El capitán general don José de la Mosquera pensaba que él tenia
muchas proezas realizadas, que él pudo recibir la honra, que había
obtenido ese italiano que estaba en las bocas de todas las personas de Iberia, ese Cristóforo Colombo, ese italiano que había recibido toda esa honra, gracias a la corona española y a sus coterráneos, si no hubiese sido por esa ayuda, quizá él mismo hubiese conquistado toda esa parte de las indias. No le agradaba ese italiano pedante.
Los marinos, se entretenían jugando tute y chinchón, juegos en los que se utilizaban naipes,
Otros, veían las peripecias de los delfines, quienes, saltaban del
agua hasta una considerable altura, cayendo nuevamente al mar,
levantando gran cantidad de agua.
También, se reunían grupos a echar chistes, otros, recitaban poesía, mientras que otros cantaban y bebían grandes cantidades de vino.

Paso los días en duermevela.
Te fuiste con otro Micaela.
No he vuelto a ver a la Mariana.
La cambié por una gitana.

El océano hervía de vida marina. Se veían los cardúmenes de peces
detrás de las grandes ballenas, quizá, para atrapar las sobras de la comida de éstas, o quizá, para sentirse protegidos.
Se oyó una discusión, uno de los que jugaban barajas, parece que le hizo trampa a otro de los marinos jugadores; el tramposo sacó
un puñal y se abalanzó sobre el marinero, quien, con una gran
destreza, se ladeó, sacó la espada y lo atravesó con ella.
Amortajaron el cadáver y lo lanzaron al mar.
Llevaron al marinero dentro del barco y lo encerraron en una especie de calabozo.
A los quince días de haber salido de España, estalló una tormenta
terrible, los marinos a pesar de su experiencia, sintieron miedo, era una tormenta huracanada, con la fuerza del viento, la nave se movía como una barajita.
Se soltaron unas cajas con los pertrechos, el capitán general mandó a varios de los hombres para que las sujetaran, tarea difícil, ya que la tormenta estaba en su apogeo.
Con un esfuerzo sobrehumano, lograron sujetar las cajas, pero una de ellas se soltó, triturando contra la borda a uno de los marinos.
Amainó la tormenta, de nuevo llego la calma a la nave.
Nueva mortaja, nuevo cadáver al mar para alimento de los peces.
Después de 2 meses de navegación divisaron tierra.
Don José de la Mosquera se dirigió a sus marineros.
-Tomaremos tierra por el lado de sotavento, para no ser tan evidentes.
A lo máximo habrá, unos cuarenta hombres roñosos y pulgosos, pensó el CAPITÁN GENERAL, DON JOSE DE LA MOSQUERA. Cuando los vieran con sus armaduras, sus arcabuces, o palos que truenan, sus espadas y sus caballos, saldrían despavoridos; huirían y se internarían en la selva.
Llevaron el galeón lo más cerca posible de la playa.
-Desembarquen los caballos primero, teniente Cardozo, mande a 50
hombres a que se lancen al agua para que agarren a los caballos y los lleven a tierra.
– A sus órdenes mi capitán general.
Luego, bajaron los botes junto con implementos para hacer un campamento.
-Sargento Sánchez.
-Mande mi capitán general.
-Encárguese usted del equipo para levantar el campamento.
-A la orden mi capitán general.
La empresa era pan comido, asustar a unos salvajes y tomar posesión de la isla en nombre de la corona, qué dificultad podría haber en esa tarea.
En el barco sólo quedaron como cuatro marineros, y también el marino que había asesinado al compañero de juego.
Desembarcaron los pertrechos, tumbaron algunos árboles y empezaron a armar el campamento.
Se oía el batir de las olas contra las canoas, el canto de las aves, se confundía con el sonido monótono de las hachuelas al caer sobre la madera para darle forma; el toc toc del martilleo se asemejaba al golpe que daban con sus picos los pájaros carpinteros sobre los árboles para hacer sus nidos.
No habían visto más vida en la isla que las aves en los árboles y uno que otro lagarto que, al menor movimiento, salían a toda carrera.
También, se divisaban mamíferos pequeños, como las lapas, y otros grandes, como las dantas, que al ver a los hombres salían huyendo.
Llego la noche, el trabajo, el viaje y algunos tragos de vino,
hicieron que todos se durmieran temprano.
-Teniente Cardozo.
-Ordene mi capitán general.
-Encárguese usted, de poner centinelas y de relevarlos.
-A sus ordenes mi capitán general.
Dejaron dos centinelas, pero estos, al igual que los demás, estaban agotados y al rato, roncaban plácidamente.
De la espesura, aparecieron como fantasmas, unos treinta seres
pintarrajeados de tal manera que causaban espanto, taparon la boca
de los centinelas y los degollaron, tomaron como a diez marinos más y le hicieron lo mismo; de la misma forma, como llegaron se marcharon, sigilosamente.
Se fueron despertando uno a uno, y notaron que faltaban varios
marinos, supusieron que habían regresado al barco.
EL CAPITÁN GENERAL, DON JOSÉ DE LA MOSQUERA, ducho en cientos de batallas, llamó al teniente Cardozo.
-Teniente Cardozo.
-Diga mi capitán general.
-Envíe a unos hombres al barco y me traen a esos desertores..
-Si mi capitán general.
Volvieron con la noticia.
-Mi capitán general, no están en el barco.
-Carajo. esto si está feo. No pudieron ir a ningún otro sitio, vamos ármense un grupo e intérnense en la selva para buscarlos.
-Teniente Cardozo, encárguese usted de la operación.
Así lo hicieron, llevaban machetes para abrirse camino en la espesura, partieron 20 soldados armados hasta los dientes.
A pesar de las armaduras, siempre había zonas del cuerpo donde no
tenían protección.
Un soldado sintió como si le picaba un mosquito en el cuello,
paralizándole los nervios motores y el corazón por efecto del
curare, el cual le causó la muerte instantáneamente.
Así, fueron cayendo uno tras otro, sin saber por quiénes eran atacados.
Algunos soldados, dispararon a la espesura, pero todo fue en vano, se convirtieron en cadáveres.
EL CAPITÁN GENERAL, DON JOSÉ DE LA MOSQUERA, súbdito de la corona española, guerrero experimentado y héroe de la madre patria, escuchó las detonaciones, pero pasó el tiempo y no apareció nadie, sintió miedo.
Decidió embarcarse de nuevo, para protección de sus marinos.
-Quiero que embarquen lo más indispensable, en el barco, estudiaremos la estrategia a seguir.
El ambiente se tornó sombrío, como un presagio de fatalidad.
Empezaron a avanzar hacia las canoas, pero no se sabe de dónde
empezaron a volar flechas impregnadas de curare, como también dardos envenenados.
No escapó ni uno. AL CAPITAN GENERAL, LE PERFORARON UN OJO CON UN DARDO Y QUEDÓ CON LA PANZA AL SOL.
Los gritos de desesperación, se confundían con los alaridos de los
atacantes que, viendo que tenían la situación controlada, se
mostraban feroces disparando flechas con los arcos y los dardos con cerbatanas.
Los marineros, que estaban en el barco, cuando vieron esa masacre,
levaron anclas y se perdieron de vista.
De todas partes, salían personas de todas las edades y sexos, hablaban un idioma incomprensible, empezaron a desnudar los cuerpos y con unos cuchillos rudimentarios, abrían los cadáveres y los salaban como se hace con los pescados.
Luego, procedieron a guindar los cuerpos salados y sin cabeza, en
cuerdas improvisadas, para secarlos al sol.
Algunas de las mujeres, prendían fogatas y en hornillas rudimentarias,ponían a hornear trozos de carne, la cual, despedía gratos olores para todos ellos.
antropófagos

Anuncios

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión / Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión / Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión / Cambiar )

Google+ photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google+. Cerrar sesión / Cambiar )

Conectando a %s