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André Reinoso

Ámbar Ramos no paraba de soñar con serpientes desde que había celebrado su vigésimo tercer cumpleaños. Era terrible, pues le tenía fobia a esas especies rastreras.
Desde hacía una década era igual: después de celebrar que sumaba un año más de existencia, comenzaban aquellas pesadillas que se prolongaban durante semanas.
Soñaba que esos animales recorrían con desenfado los recovecos de su cuerpo desnudo. Y lo peor era un ofidio de varias cabezas que salía de su boca, produciéndole una asfixia que le hacía despertar hiperventilada, bañada en sudor.
Sus malos sueños la habían llevado a probar todo tipo de terapias: omitir la cena, probar repugnantes bebedizos de hierbas, someterse a la acupuntura, escuchar música de relajación, ingerir pastillas calmantes. Nada acababa con sus pesadillas.
Aquella reiterada alucinación era un tormento
–Creo que me estoy volviendo loca, mamá. Soñar con serpientes todos los días no es normal. Algo me debe estar pasando.
–Eso es que están hablando mal de ti, hija. Yo busqué la interpretación en el Libro de San Cono. Dice que son cuentos, habladurías, chismes. Ya sabes cómo es la gente de este barrio. Te tienen mucha envidia, mija. Eres es muy bonita.
La bella Ámbar, la flor de barrio como alguna vez la llamó un conocidísimo personaje de la farándula, levantó sus cejas mientras llevaba a su boca otro sorbo de café. Qué terrible era ir a trabajar con tanto cansancio.
–Bendición, mami. Ya me voy a trabajar.
–Que Dios te bendiga. No te me estreses mucho.

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De camino al trabajo se miró en el espejo de su compacto Clinique –costoso regalo de un viejo verde del ministerio donde trabajaba– y notó sus ojos grises demacrados. Esos ojos que hacían perfecto contraste con su piel trigueña, su abundante melena, sus sensuales curvas y ese felino andar que enloquecía a los hombres.
“Bueno, a trabajar. Me esperan las culebras que caminan”.
En el metro reviosó los mensajes de texto de los múltiples especimenes masculinos que la pretendían. En el bochorno del tren saturado de gente, aferrada del metálico cilindro ubicado en la puerta del vagón, Ámbar intentaba eludir a los sátiros de la cotidianidad que siempre buscaban recostarse de su voluptuosa anatomía.
–Mami, qué rica te ves agarrada de ese tubo –le susurró un lascivo.
Ámbar ignoró al tipo, clavó sus ojos en la pantalla del móvil y se percató de varios mensajes de texto que titilaban.
“Coño, qué ladilla con Jackson. ¡Descarado! Casado, con tres hijos y me sigue echando los perros. Ojalá se caiga de su moto”, pensó.
La bella Ámbar tenía su historial.
Había pasado por el lecho de varios hombres. Desde Juan –un guapo y rubio andino a quien entregó su virginidad a los 15 años– hasta Jackson, un “galán de barrio” que le prometió villas y castillos. El último de sus “grandes amores verdaderos”.
A esa lista se le sumaban Jonaiker –un experimento de pram que purgaba condena por asesinato– y Joao, un tierno y sonriente hijo de portugueses que la hartó de chocolates y flores, pero que lamentablemente terminó embarazando a su prima.

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“Necesito una noche de baile y alcohol. Con eso se me va a quitar esta pensadera. El estúpido de Jackson y esas pesadillas que me tienen harta”, se dijo.
Varias noches de farra parecieron surtir efecto. Las pesadillas cesaron.
Y como solía pasar cada año, las agrias pesadillas con serpientes fueron sustituidas por otro sueño reiterativo: una erótica visión en la que era seducida por un hombre musculoso, de abundante barba y cabello, de facciones duras pero fascinantes. Un hombre fuerte y apolíneo que parecía venir de otras épocas.
“Esto es mejor que soñar con bichos”, pensó Ámbar con picardía.
Aquellos sueños eran tan vívidos, tan intensos, que acababan con la húmeda gloria de un orgasmo espontáneo.
Cada noche, se sucedían nuevos y más candentes ensueños amatorios. Y cada mañana, Ámbar los relataba sin censura ante una cautiva audiencia de mujeres que –atentas y suspirando– escuchaban las increíbles aventuras oníricas de la recepcionista más sexy de aquel ministerio ubicado en el centro de Caracas.
Así transcurrió casi un año.
Era tal el nivel de satisfacción y alegría que le producían a Ámbar aquellas visiones que sus nuevos e infaltables pretendientes pasaron a un segundo plano. “Mejor sola con el hombre de mis sueños que mal acompañada de pendejos de carne y hueso”, pensaba ella.
La noche de su vigésimo cuarto cumpleaños recordó que las serpientes siempre invadían sus sueños por esas épocas. Regresaron los viejos miedos a su mente.
Pero esta vez no sufrió el tormento de delirantes ofidios.
En cambio, su etéreo amante le profetizó en sueños:
“Ámbar, mi amada Ámbar. Muchas preguntas que viven en ti serán respondidas… en la mañana sabrás quién eres en realidad. Ya no volverán a humillarte. Ya no volverán a burlarse de ti. Te lo prometo”.
Luego, él la hizo suya y la colmó con un éxtasis inenarrable.
La chica más bella del callejón Los Bueyes, en el barrio de El Guarataro, despertó a las seis en punto como todos los días, al sonar la alarma de su blackberry.
Aquella mañana, mientras se daba una ducha, evocaba con emoción las palabras de su amado. Y al mismo tiempo, le vino a la mente la mayor de las humillaciones que había sufrido en su vida.
Desde niña, Ámbar había querido ser reina de belleza. De adolescente, llegó a ganar el concurso de Reina de Carnaval de la Parroquia Macarao. A los 17 arrasó en el Señorita City Market, un concurso parroquial de beldades patrocinado por el centro comercial más geek de la ciudad de Caracas. Además, los Piratas de Vargas, equipo de la Liga Nacional de Baloncesto, la habían incorporado a su cuerpo de cheer-leaders.

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Avalada por esos lauros, a los 18 decidió probar suerte en el casting del Miss Venezuela, uno de los certámenes más importantes del mundo en su género y la obsesión de muchas nativas de la tierra de Bolívar, sin importar clase social.
Nunca olvidaría esa nefasta mañana de marzo cuando fue despreciada por el “zar” de la belleza criolla, Osmel Sousa.
Tras examinarla de pies a cabeza con mirada despectiva, el gran Osmel le dijo:
–Noooo, mija, tú tienes mucha carne. Demasiado caderuda y piernona. Para ser miss tienes que ser flaca. Lo único bonito que tienes son los ojos. Tu perfil es más bien como para videos de bachata o reggaeton. Una flor de barrio es lo que tú eres. Dedícate a otra cosa porque a la quinta del Miss Venezuela nunca vas a entrar.
El desprecio sufrido durante el casting –sumado a las risas de las barbies anoréxicas que sí clasificaron– había sido un duro golpe a sus aspiraciones. A su anhelo de ser una estrella. De ser una diosa.
“Y yo que me veía como la próxima Veruska Ramirez”, pensó.
Dejó atrás el amargo recuerdo y volvió a la realidad. Ámbar empezó nuevamente a sonreír. Su belleza mestiza resplandecía. ¿Qué habría querido decir su amado al decirle que hoy sabría quién era en realidad?
Aún somnolienta se dirigió al lavamanos. Sentía un extraño y creciente picor en el cabello, envuelto en una toalla. No entendía por qué. Se acababa de duchar.
No terminó de untar de pasta de dientes su cepillo.
Cuando Ámbar Ramos se vio en el espejo, la embargó un pánico paralizante.
La cabeza de una serpiente sobresalía bajo la toalla a la altura de la oreja izquierda. Otra más descendía hacia su cuello.
Histérica, tiró el paño al suelo.
Sus gritos terroríficos se oyeron por todo el callejón Los Bueyes.

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Al escucharla, su madre entró corriendo al baño, acompañada de Joel, el hermano adolescente de Ámbar. Fue peor el remedio que la enfermedad: la señora Yonaida Ramos compartió de inmediato el suelo con su hija, al desmayarse por el impacto de lo que vieron sus ojos.
Lo que acaba de ocurrir en el baño de aquella modesta casita del barrio El Guarataro cambiaría para siempre la vida de la familia Ramos.
El vivaz Joel se encargó de hacer pública y viral la condición de su hermana. Con su teléfono de última generación, el chico grabó en vídeo impactantes imágenes de la cabeza llena de serpientes de Ámbar.
El increíble suceso de la chica caraqueña fue de inmediato un fenómeno de masas.
Y pasó lo inevitable.
Ámbar Ramos –la recepcionista de ministerio– pasó de ser una muchacha común y corriente a una celebridad planetaria.
Nadie sabía explicar su increíble situación.
Un par de videos más de Ámbar Ramos, ahora contando su hitoria inundaron las redes.
El video se hizo avalancha.
Youtube colapsó.
En twitter, la sensación era la #jovenserpiente o la #medusadeltrópico.
CNN preparaba un reportaje.
En Google, las búsquedas de “joven medusa venezolana” no cesaban.
Su teléfono y correo electrónico se vieron abarrotados.
Su hermano disfrutaba del éxito y la fama en la calle.
Su madre no paraba de rezar.
Para el común, Ámbar era un fenómeno, una señal, una profecía… incluso un demonio.
La red de redes no se daba abasto. Todos querían opinar. En los extremos, unos pedían el exterminio de la muchacha y otros su exaltación como deidad. Muchos exigían un pronunciamiento a los científicos sobre la condición de la joven caraqueña.
La calle Los Bueyes de El Guarataro, que no pocas veces había sido el turbulento escenario de crímenes que salían reflejados en las páginas de sucesos de los diarios capitalinos, se convirtió de pronto en un hervidero de periodistas de diversas partes del orbe que buscaban confirmar la veracidad de los hechos.
Psíquicos, ufólogos, hechiceros, científicos, creyentes y no creyentes se agolpaban clamando por la presencia de la joven.
Hasta el mismísimo Papa Francisco se pronunció:
“Debe haber una explicación para la que sucede con esta joven mujer. No debemos condenarla a priori. La veré en persona si ella me lo permite. Es una chica católica y sé que abrirá su corazón”.
Y así fue.
Desde el Papa hasta presidentes visitaron a la joven Medusa tropical.
Un equipo de médicos de la Universidad de Rutgers, Estados Unidos, examinó in situ a la mujer y no logró hallar el por qué de su “enfermedad”.
“Es una mujer joven, fuerte y sana. Las serpientes son reales pero inofensivas. No encontramos rastro de ningún virus o bacteria. Lo consideramos simplemente como el caso más increíble que haya visto la ciencia”, aseguraron los galenos yanquis.
Pan y circo.

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Vinieron los shows y presentaciones.
Billetes verdes comenzaron a llenar las arcas de la familia Ramos.
Ámbar se mostró al mundo, sin tapujos.
Habló y habló, respondió preguntas; adoraba ser el centro de atracción.
Se tomó miles de fotografías, firmó autógrafos. Posó desnuda para Play Boy, Interviú, Penthouse y otras revistas de candente contenido erótico.
Hasta fue invitada al Miss Venezuela, donde protagonizó una espectacular coreografía intitulada Medusa y Perseo, con más de cien artistas en escena.
Brilló majestuosa junto al zar de la belleza a quien susurró socarronamente “Nada mal para una flor de barrio”.
El viejo zorro le regaló la más incómoda e hipócrita de las sonrisas.
Afortunadamente, Ámbar Ramos no lo convirtió en piedra. Ni a él ni a nadie.
Sólo flashes e invitaciones, halagos y mimos recibió la Medusa venezolana.
Pero más allá de su obvia belleza y su cabeza llena de doradas serpientes, el fenómeno fue decreciendo.
Los relámpagos artificiales comenzaron a dejar de retratarla.
Después de algunos meses, dejó de ser novedad en los medios. Su caso comenzó a ser olvidado; no era la pitonisa que el mundo esperaba.
Sin embargo, Ámbar aprovechó astutamente el momento y labró una nada desdeñable fortuna.
Adquirió un lujoso loft en La Castellana Norte. Tres autos de lujo y una gorda cuenta bancaria coronaban su éxito.
Y sí, seguía soltera. Sólo soñando con el apolíneo amante de sus sueños y acariciando las tímidas serpientes de su testa.
Ya dos y años y medio habían pasado desde su vertiginoso ascenso a la fama.
–Mija ya es hora de que se busque un novio o un marido.
–No, mamá. El hombre que me vuelve loca vive en mis sueños y lo tengo para mi solita.
Su mamá sonrió y la abrazó.
–Hija, por como suspiras, diría que estás enamorada de ese hombre de tus sueños.
Y así, llegó el momento del vigésimo quinto cumpleaños de Ámbar Ramos.
Y no volvió a soñar con serpientes.
En la mañana de aquel día, su hermano Joel, en vez de felicitarla, entró corriendo a su cuarto. Le arrebató de sus manos el control remoto de su espléndido televisor de 50 pulgadas, diciéndole:
–¡Hermana, mira lo que está pasando!
–¿Qué te pasa, loco?
Su madre entró y se unió al par mientras se persignaba.
–El fin del mundo, mija…
En la televisión, el más famoso canal de noticias transmitía imágenes que parecían salidas de una película de ciencia ficción.
Seres voladores.
Un ejército implacable.
Rayos y centellas caían del cielo y las principales ciudades del mundo sucumbían ante aquellos invasores.
De pronto, pasó algo inesperado. Ámbar Ramos tuvo una terrible visión.

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Ese ejército imparable esclavizaría a su amada ciudad…al mundo entero.
“Es el principio del fin mi Ámbar… mi Medusa. Yo, Poseidón, me asentaré en tu mundo. Te buscaré y poseeré como alguna vez lo hice en otro tiempo…como lo hice en tus sueños. Nada podrán hacer. Somos imparables”.
–¡Mi amado! –gritó Ámbar.
La destrucción tomó por sorpresa al planeta.
Los humanos no sabían cómo luchar contra los dioses.
Ninguna potencia pudo hacer frente a la ocupación.
Aceptaron sumisos la esclavitud.
Eran dioses. ¿Cómo se peleaba contra ellos?
Millones comenzaron a adorarlos.
No buscaban petróleo o riquezas.
Sólo reclamaban su mundo.
Y así el tiempo transcurrió, para dioses y humanos por igual.
Ámbar, la Medusa tropical, volvió a ser noticia en un mundo de dioses y humanos.
Fue coronada como reina de un mundo que mejoró… para ella.
Deleitándose en la belleza eterna, cubierta de halagos y esclavos, experimentando sensaciones inimaginables, amada por el poderosísimo dios Poseidón, Ámbar recuperó su hermosa cabellera y comprendió por fin su destino.
Sonriendo pensó, humanamente:
“Después de todo… no fue tan malo soñar con serpientes”.

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