Safo
Viaje de Ítaca

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En mí no habita la musa de antaño, aquella que hacía que mis versos fluyeran, aquella que despertaba la sangre de las palabras y las hacía estallar en mil rimas acompasadas de vida y de muerte. En mí la llama está extinta de tanto plomo. Parece que las violetas ya no movilizan su danza para mí. Tengo sed y no hallo la fuente, tengo rabia y no sé como morder la carne. Anhelo hacerlo como el niño feroz que desconoce el bien y el mal. Mi mente se ha agotado, mis labios ya no cantan a la par del genio, del demiurgo creador de mundos.
Saturno se volvió estéril, antes, su lenta voz me dictaba las palabras y yo establecía una densa danza con él, un baile que sólo nosotros conocíamos. Cuando me poseía yo era fértil, lograba dar a luz a sus hijos aunque mil veces él los devorara, aunque mil veces atravesara mi vientre y yo le donara carne y piedras. Quedaba como muerta en vida, no podía caminar ni peinar mis cabellos, el sol negro me poseía y de esa intermitente caída salía una luz inconmovible que atravesaba las palabras.
Ya no me ama el inmortal Titán, me ha castrado como a su padre. Desesperada, mi mente divaga en busca de imágenes, símbolos, metáforas que se sumergen en la seca arena. Desesperada, invoco al dios, adorno un tabernáculo, le doy una a una mis ofrendas pero él ya no me toca.
Mis dedos se paralizan, no conozco este sol negro voraz incapaz de quemar, no conozco este sol inerte, impotente ante la materia… no tiene la llama, no transforma. Una sombra se cierne sobre mí y ando a tientas en mi propio silencio. ¿Qué pasa cuando la voz del bardo está muda?
Voy al tabernáculo e imploro, le dono ramas, raíces y hojas, corto mis venas para ofrendarle mi vino, no responde ¿en dónde está su voz? Esta vez el silencio estéril me envuelve como una serpiente voraz. No puedo tocar mi lira. Ya las lágrimas no se asoman por mis ojos, sólo un mórbido féretro se agita en mi mente.
Y ando a ciegas en busca de mi dios como alma caída. Desespero. Ya el dolor no se convierte en éxtasis, ya no surgen los polos. He descendido al verdadero Averno. Creí que ya lo había transitado, sin embargo, en aquel infierno, el primero, todavía Orfeo cantaba con su lira.

Sigo andando cual sonámbula… de pronto una luz, un pensamiento llega a mi mente. Me voy al acantilado, me precipito y en la caída, en esa brutal caída mi cuerpo se fragmenta. Ahora yace, transformado en mil pedazos, como ofrenda, en el tabernáculo del dios.

De mi cuerpo y de mis versos sólo quedaron los fragmentos.

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