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Carmelo Urso

Stephen King, en su muy ameno manual “Mientras escribo”, compara las habilidades del escritor con una caja de herramientas de varios niveles.

En el nivel superior de esta caja imaginaria coloca dos instrumentos poderosos, pero que hay que usar con cuidado: el vocabulario y la gramática.

En cuanto al vocabulario, King prefiere el que usamos en nuestra vida cotidiana. A su juicio, las palabras del día a día tienen un mayor poder comunicativo. Los términos rebuscados obscurecen el mensaje y se convierten en una barrera, a veces insalvable, entre lector y escritor. Vale la pena recordar lo que decía Albert Camus, premio Nobel de Literatura y célebre autor de la novela “El Extranjero”: “Los que escriben con claridad tienen lectores; los que escriben oscuramente tienen comentaristas”.

King ofrece un consejo lapidario en cuanto a la gramática: es algo que comprendemos mejor mientras más leemos. Es curioso, porque no pocos de mis colegas periodistas intentan escribir bien… cuando rara vez leen un libro.

En materia de construcción de frases y oraciones, King es tajante: “La persona que tiene nociones básicas de gramática descubre en su núcleo una simplicidad reconfortante, donde lo único imprescindible son los nombres, palabras que designan, y los verbos, palabras que actúan”. Después de 25 años de ejercicio profesional, encuentro irrebatible esta sentencia del novelista estadounidense. Y es que cuando me toca corregir textos, lo que hago la mayor parte del tiempo es tachar, cortar y podar, porque los periodistas y escritores noveles siempre suelen poner palabras de más.

IT Stephen King

Bajamos al segundo nivel de esta caja literaria y encontramos la forma y el estilo. Aquí King emite una opinión que comparto sin reservas: “Yo soy del parecer de que la unidad básica de la escritura es el párrafo, no la frase. Es de donde arranca la coherencia, y donde las palabras tienen la oportunidad de ser algo más que meras palabras (…) Es un instrumento fantástico, flexible. Puede tener una palabra o durar varias páginas (…) Dentro de la narrativa, el párrafo está menos estructurado; en vez de melodía es ritmo. Cuanta más narrativa se lee, más se da uno cuenta de que los párrafos se forman solos. Como tiene que ser”.

En cuanto al estilo, el famoso escritor norteamericano nos previene sobre el uso de la voz pasiva: “Dos páginas seguidas de voz pasiva (las que hay en casi cualquier texto comercial, y en kilos y kilos de narrativa barata) me dan ganas de gritar. Queda fofo, demasiado indirecto, y a. menudo enrevesado. «El primer beso siempre será recordado por mi memoria como el inicio de mi idilio con Shayna.» ¿Qué tal? Un bodrio, ¿no? Hay maneras más sencillas de expresar la misma idea, y con más ternura y más fuerza. Por ejemplo así: «Mi idilio con Shayna empezó con el primer beso. No lo olvidaré.» No es que me encante, por el doble «con», pero al menos nos hemos desmarcado de la voz pasiva maldita”.

O este otro ejemplo: “«El cadáver fue trasladado de la cocina y depositado en el sofá del salón.» (…) Confieso que el «fue trasladado» y el «fue depositado» siguen poniéndome los pelos de punta. (…) Preferiría «Freddie y Myra sacaron el cadáver de la cocina y lo depositaron en el sofá del salón». Además, ¿por qué tiene que ser el cadáver el sujeto de la frase? ¡Coño, si está muerto!”.

stephen king caricatura

En otro ámbito, King nos habla de la atribución de diálogo, rubro en el que prefiere el sucinto “dijo” a verbos llenos de esteroides como “espetó”, “graznó” o “farfulló”. En este ámbito desaconseja de manera encarecida el combinar las atribuciones de diálogo con los adverbios terminados en “mente”. En su opinión, frases como “dijo acaloradamente”, “graznó furiosamente” o “exclamó pervertidamente” son como malas hierbas que afean el campo del texto. En lo personal, recuerdo cuando leí la novela “Pobre Negro” de Rómulo Gallegos. Había algo en la prosa que me fastidiaba, pero no sabía con certeza qué era. En un momento determinado, decidí subrayar los adverbios terminados en “mente”: en aquel malogrado texto galleguiano cundían a granel, como pinchosos cardos que hacían pesada la lectura.

El último nivel corresponde a ponerse a escribir con las herramientas adecuadas. Para quien anhela ser escritor, leer y escribir son las dos actividades fundamentales. Si no hay tiempo para ellas es inútil pretender convertirse en autor. Lo demás, son fantasías e inútiles ensoñaciones.

King, que ha vendido millones de libros a fuerza de trabajo duro y de utilizar a conciencia su caja de herramientas, cierra con este consejo: “Si quieres ser escritor, lo primero es hacer dos cosas: leer mucho y escribir mucho. No conozco ninguna manera de saltárselas. No he visto ningún atajo (…) Hemos hablado de herramientas y carpintería, de palabras, de estilo… pero a medida que progresemos, convendrá tener presente que también hablamos de magia”.

the shining

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