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Carmelo Urso

La jabalina es una lanza diseñada para ser arrojada. Cazadores prehistóricos y guerreros antiguos la blandían para cazar a sus presas, para ultimar a sus enemigos. Es pariente del dardo, el arpón, el venablo y del temible pilum, lanza del ejército romano cuya punta de hierro se separaba al impactar al enemigo y se incrustaba dolorosamente en su cuerpo.

El lanzamiento de jabalina fue deporte de competición en la antigua Grecia. Se le incluía dentro la prueba de pentatlón, tanto en los Juegos Olímpicos como en los Juegos Panhelénicos. Formó parte de las Olimpíadas modernas a partir de 1908. Es disciplina paralímpica desde los Juegos de Roma 1960.

Abraham Ortega encontró en el lanzamiento de jabalina una oportunidad de redención. Un día de 2011 el destino le reveló su lado más oscuro. Abraham conducía su motocicleta cuando, en un descuido, chocó contra una unidad de transporte. Los médicos le salvaron la vida, pero su brazo izquierdo quedó insensible, completamente inutilizado. Durante meses, la tristeza y la desesperación socavaron el alma del joven guatireño. Unos amigos le sugirieron que practicara deporte como terapia física y espiritual. Y aquí la adversidad le reveló a Abraham su veta más brillante. Pues gracias a la jabalina este humilde hombre de pueblo devino en atleta de clase mundial.

Compite en la categoría T46, destinada a los deportistas que han padecido una amputación o daño mayor en sus extremidades superiores. En 2015, fue abanderado de Aragua en los Juegos Paranacionales realizados en Barquisimeto. Allí obtuvo la presea dorada con un lanzamiento de 50,39 metros, record nacional y continental.

En los Juegos de Río 2016, Abraham Ortega logró una hazaña personal que es orgullo para Venezuela: se acreditó un Diploma Paralímpico al convertirse en el octavo mejor atleta del mundo en su categoría. Aquel día infausto de 2011, cuando un hado oscuro parecía robarle todas sus esperanzas, nació un nuevo Abraham: uno cuyos sueños vuelan tan alto como luminosas jabalinas; uno que venció sus miedos más profundos para contemplar, a fuerza de coraje, el lado más sereno de la autorrealización, la faceta más radiante de la gloria.

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