nave-tiranida

Por William King

En la pantalla, Sven observó con terror la nave orgánica alienígena.

Era un objeto grisáceo y redondo; parecía un asteroide pequeño. El aire rieló, las luces parpadearon, el objeto se expandió y después adquirió mejor resolución. Sin que hubiese una razón que él pudiese identificar, la visión llenó a Sven de miedo.

Era una nave tiránida.

Los tiránidos eran una raza extragaláctica inconmensurablemente antigua; viajaban de uno a otro sistema a través de una red de portales de disformidad. Buscaban nuevas razas que conquistar y consumir, separando sus genorrunas para crear sus horrores de bioingeniería.

Los tiránidos usaban la biotecnología para todos los propósitos concebibles. Tenían carros vivientes movidos por músculos que los llevaban al combate. Sus fusiles parecían consistir en agrupaciones de organismos simbióticos, que disparaban balas orgánicas de caparazón duro o ácidos. Sus naves estelares eran enormes criaturas vivientes, auténticos leviatanes que surcaban el espacio nadando en desconocidas corrientes de disformidad.

Tenían una poderosa sociedad organizada, que funcionaba según principios incomprensibles o indescifrables para los eruditos Imperiales. La Flota Enjambre Behemoth había sido totalmente enemiga de la humanidad, y devastó todo un sector a su paso por la galaxia. Había destrozado mundos. Las legiones de sus criaturas habían caído sobre planetas debilitados por las plagas para llevar a la totalidad de su población a las fauces de las naves madres; desde ese momento, nadie había vuelto a verlas. Habían lanzado asteroides en algunos mundos, y puesto a muchos otros de rodillas con mortales contaminaciones biológicas.

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Algunos de los pueblos más supersticiosos le habían vuelto la espalda al Culto del Emperador y se habían humillado ante la imagen de Behemoth. En la época de anarquía que la Flota Enjambre Behemoth trajo consigo, habían adquirido poder los cultos del Caos que prometían la salvación ante una amenaza contra la cual el Imperio parecía impotente. El comercio había quedado desbaratado; se habían descubierto nidos de genestealers. Parecía a punto de dar comienzo una nueva Era Siniestra.

Se había necesitado una movilización militar total del Imperio para detener a la Flota Enjambre Behemoth. Más que los orkos, más que los eldar, los tiránidos constituían la amenaza más peligrosa con que se había enfrentado la humanidad fuera del Ojo del Terror.

E incluso así, especulaba Sven, otra Behemoth podría equipararse incluso a la amenaza del Caos. Se preguntó si aquella nave no sería tal vez un resto de la Behemoth; una rezagada, que separada de la Flota Enjambre principal, había ido a la deriva por el espacio, sin energía, durante siglos, hasta que su nave, la Spiritus Sancti, la había hallado. Rogó al Emperador para que fuese así. La alternativa —que fuese la avanzada de una nueva Flota Enjambre, una sucesora de la Behemoth— era demasiado terrible para considerarla.

Sven observó cómo las bombas de plasma disparadas por la Spiritus Sancsti destrozaban la nave tiránida de un extremo a otro. Al cabo de pocos instantes, la nave orgánica quedó destruida por completo. Mientras Chandara contemplaba con fascinación, las alas solares tan recientemente desplegadas se desprendieron y se alejaron flotando a la deriva por el espacio; los hombres de las torretas del Spiritus Sancti las usaban para practicar su puntería. En el rostro de Sven se dibujó una expresión de satisfacción cuando la nave alienígena desapareció del espacio.

—Bueno —dijo Sven—, creo que esto pone punto final.

—No lo creo —dijo Chandara, el astrópata, que se encontraba junto a él, con el semblante pálido y demacrado—. Antes de morir, la nave orgánica tiránida envió una señal de enorme poder psíquico, muy concentrada en la dirección de la Nube de Magallanes; pero era tan potente que capté su energía dispersa. Era una señal, señor. Estaba llamando a algo; algo grande.

Un silencio de espanto cayó sobre la capilla de mando del Spiritus Sancti.

Sven bajó los ojos. Si se avecinaba una guerra contra los tiránidos, estaba dispuesto a luchar.

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