Aaron Dembski-Bowden

La nave está hecha pedazos. El suelo es irregular, está destrozado y desgarrado por el impacto. Giramos una esquina. Nuestras botas resuenan en el suelo en pendiente mientras nos dirigimos hacia la cámara refrigerante de un generador de plasma. De un tamaño tan inmenso como la cámara de oraciones de una catedral, la sala está prácticamente dominada por la estructura cilíndrica de metal que recubre la tecnología arcana utilizada para enfriar los motores de la nave.

No veo nada vivo. No oigo nada vivo. Y sin embargo…

—Huelo sangre fresca —le digo a Artarion—. Es un superviviente que todavía sangra. —Señalo con un gesto hacia la inmensa torre de refrigeración con mi crozius. La maza destella en cuanto pulso la runa de activación—. El alienígena está ahí debajo.

El superviviente apenas merece una descripción. Está atrapado bajo unos restos de metal que le atraviesan el estómago y le impiden levantarse del suelo. A medida que nos acercamos, ladra sus rudimentarios conocimientos del idioma gótico. A juzgar por el charco de sangre que se extiende a partir de su figura, la vida del alienígena terminará en apenas unos minutos. Sus fieros ojos rojos nos observan. Su rostro porcino está contraído en un rictus de ira.

Artarion levanta su espada sierra y pone en marcha el motor. Los dientes afilados silban mientras atraviesan el aire.

—Espera.

Artarion se detiene. Al principio, mi hermano no está seguro de haberme oído bien y se vuelve, incrédulo, hacia mí.

—¿Qué has dicho?

—He dicho —digo, acercándome más al moribundo alienígena y observándolo a través de mi máscara de calavera— que esperes.

Artarion baja la espada. Los dientes del arma se detienen.

—Siempre parecen inmunes al dolor —le digo, y siento como mi voz se transforma en un susurro. Coloco una bota sobre el pecho sangrante de la criatura. El orko cierra la mandíbula intentando morderme y se atraganta con la sangre que inunda sus reventados pulmones.
Artarion debe de haber percibido la sonrisa en mi voz.

—Pero no es así. Míralo a los ojos, hermano.

Artarion obedece. Sé por su expresión vacilante que no ve lo que yo veo. Al observar al orko no ve más que una impotente rabia.

—Veo furia —me dice—. Frustración. Ni siquiera odio. Sólo ira.

—Mira mejor —digo, y aprieto mi bota contra el pecho.

Las costillas crujen como ramitas partiéndose, una tras otra, a medida que el peso de mi pisada se acentúa. El orko brama, babea y gruñe.

—¿Lo ves? —le pregunto, consciente de que la sonrisa sigue siendo evidente en mi voz.

—No, hermano —protesta Artarion—. Si hay una lección oculta en esta acción, no la veo.

Levanto la bota y dejo que el orko tosa su sangre a través de las fauces ya teñidas de rojo.

—Lo veo en los ojos de la criatura. La derrota es dolor. Puede que sus nervios sean inmunes al tormento, pero tenga lo que tenga que actúe como alma, conoce el sufrimiento. Estar a merced de un enemigo… Mira su rostro, hermano. Mira como muerte angustiado porque estamos aquí siendo testigos de su vergonzoso final.
Artarion lo mira, y creo que es posible que ahora lo vea también. Sin embargo, este hecho no lo fascina del mismo modo que a mí.

—Deja que acabe con él —dice—. Su existencia me ofende.

Yo niego con la cabeza. Eso no serviría de nada.

—No. Le quedan apenas unos instantes. —Veo con mis lentes rojas como la mirada del alienígena moribundo se fija en mí—. Deja que muera con este sufrimiento.

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Un comentario en “La derrota es dolor (una #fábula de los Templarios Negros en el universo #Warhammer40k)

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