Douglas Niles

La diosa despertó lentamente de su frío sueño, recobrando la consciencia a medida que se apartaba el helado manto de la estación cambiante. Volviéndose con gracia imperial, buscó la fuerza vivificante del nuevo sol.
Pronto sintió su calor sobre las largas y arenosas playas de sus costas y sobre las estancadas aguas de sus bajas y llanas marismas. Poco a poco, el sol apartó la cubierta invernal de los ondulados paramos y los campos cultivados.
El espeso manto blanco que cubría los bosques y cañadas de la diosa permaneció sin cambio, y las tierras altas no dieron todavía señales de reconocer el final del invierno. Todo ocurría como debía, y la diosa se regocijó en la creciente vitalidad de su cuerpo: la tierra.
Últimamente se había empequeñecido, pero su fuerza era grande. Su suelo, aunque amenazado, estaba al cuidado competente de sus druidas, e incluso los heraldos de los nuevos dioses la trataban con cierta deferencia. En los Pozos de la Luna -en los que su poder fluía directamente de su espíritu a su cuerpo- el agua de la magia suprema reposaba clara y prístina entre gruesos pinos y en grietas rocosas.
Mares fríos bañaban sus tierras, limpiando los escombros y ruinas producidos por el paso del invierno. La diosa vio que sus hijos seguían durmiendo tranquilamente. Esperaba que pudiesen dormir durante largos años antes de que ella necesitase despertarlos.
A través de los Pozos de la Luna, vio que los cielos se despejaban. Ya no la oprimían las pesadas y grises nubes de tormenta. Los ffolk se mostraban activos, preparándose para una nueva estación de crecimiento. Los druidas se movían entre los árboles, por los montes de sus regiones salvajes, restaurando los lugares donde el invierno había alterado el Equilibrio.
Sin embargo, al apartar su manto, sintió un súbito y agudo dolor que penetraba hondo dentro de ella. Cálido y amenazador, el mal parecía dispuesto a extenderse como un cáncer en todo su ser.
Uno de los Pozos de la Luna era la fuente de aquel dolor. En vez de ser para ella una ventana sobre el mundo, llena de fresco y saludable poder, el pozo ardía como una herida envenenada. El negro pozo impedía el paso de la luz y absorbía su poder, en lugar de alimentarla. Al despertar, la diosa sintió miedo.
Y supo que, una vez más, la Bestia rondaría por el país.

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