two oil pumps silhouette

Por Carmelo Urso

El petróleo es la base de nuestra civilización. Lo curioso es que no nos damos cuenta. El petróleo está en lo que comemos y en nuestra ropa. Está en nuestros juguetes tecnológicos. Está en las casas y rascacielos que habitamos. Está en la energía que mueve a las máquinas del mundo. Está donde menos te lo esperas.

Cuando hablamos de petróleo pensamos en un espeso fluido negro. Pensamos en balancines, estaciones de gasolina e inmensas refinerías. Pensamos en colosales tanqueros que surcan los océanos transportando el oro negro de continente en continente.

Pero no pensamos en petróleo al comer una sabrosa fruta; o al comprar una franela o un teléfono celular; o al ingerir una medicina; pero sí, el petróleo está presente en todas esas cosas y muchísimas más.

En su libro “La civilización del hidrógeno”, el sociólogo estadounidense Jeremy Rifkin nos describe la situación en los siguientes términos:

“Calentamos nuestras casas y oficinas con combustibles fósiles.
Mantenemos nuestras fábricas y nuestros sistemas de transporte con combustibles fósiles.
Iluminamos nuestras ciudades y nos comunicamos a distancia con electricidad generada a partir de combustibles fósiles.
Construimos nuestros edificios con materiales hechos con combustibles fósiles.
Tratamos nuestras enfermedades con medicamentos derivados de combustibles fósiles.
Almacenamos nuestros excedentes en contenedores de plástico y embalajes hechos de combustibles fósiles.
Manufacturamos nuestras ropas y aparatos domésticos con la ayuda de nuestros productos petroquímicos.
Prácticamente todos los aspectos de nuestra vida moderna extraen su energía de los combustibles fósiles, derivan materialmente de ellos o reciben su influencia de algún otro modo”.

Hace dos mil años la situación era muy distinta. La matriz energética del Imperio Romano, el más importante en la conformación de la sociedad occidental, no era los combustibles fósiles. Era la madera.
En los inicios del Imperio Romano, Europa estaba densamente poblada de bosques.
De tal manera, los romanos y los europeos de esa época cocinaban y calentaban sus casas quemando madera.
Iluminaban sus urbes con antorchas hechas de madera y embadurnadas de grasa vegetal.
Construían buena parte de su casas con troncos talados de árboles que tardarían décadas en volver a crecer.
Trataban sus enfermedades con medicamentos derivados de árboles y demás plantas.
Almacenaban sus excedentes en silos y establos hechos de madera.
Manufacturaban sus ropas y buena parte de sus enseres domésticos con productos derivados de la tala de bosques.
Buena parte de los aspectos de su vida ancestral extraían su energía de la tala de bosques, derivan materialmente de ellos o recibían su influencia de algún otro modo.
Quinientos años después, cuando el Imperio Romano llegaba a su fin, buena parte de las tierras de Europa habían perdido su capa forestal.
Suele decirse que el fin del Imperio Romano tuvo que ver con la decadencia moral de sus líderes, el deseo de liberación de los pueblos sometidos y la superioridad táctica de las hordas teutónicas invasoras.
Todo eso tiene algo de verdad.
Pero lo cierto es que el sobrepoblado Imperio había destruido los suelos de los cuales obtenía alimento y energía.
Cuando Roma cayó, la Cittá Eterna tenía un millón de habitantes. Seis siglos después, en plena Edad Media, tenía apenas 30 mil.
Europa tardó casi un milenio en recuperar la capa forestal que devoró la maquinaria romana. En realidad la Edad Media, la mal llamada Edad Oscura, fue un tiempo de recuperación ecológica para esa parte del mundo.

Volvamos al presente.
¿Adónde nos llevará la sobreexplotación petrolera del presente?
¿Qué le sucedería a nuestra civilización si, de repente, los hidrocarburos se agotasen? ¿Si no contáramos con matrices energéticas alternativas?
Necesario es que nuestra civilización diversifique su matriz energética; reduzca sus hábitos de consumo; armonice sus necesidades productivas con los equilibrios ecológicos del planeta.
El Secretario general de la Organización de las Naciones Unidas, Ban Ki Moon, refiriéndose al cambio climático, asevera: “El planeta tiene fiebre”.
La quema de combustibles fósiles tiene un papel primordial en ese conato febril, así como la emisión de gases invernadero, la tala de bosques, la sobrexplotación agrícola y ganadera, entre otros factores.
Si no hacemos algo nosotros, ya se encargará el planeta. La fiebre es siempre un mecanismo de depuración. Y la Madre Tierra necesita depurarse.
Aún estamos a tiempo de corregir nuestra dependencia del petróleo, de la quema de combustibles fósiles. Y si no procedemos con premura, no nos quejemos luego de los rigores de una nueva Edad Oscura.

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