Carmelo Urso: Estimado Pablo, muy agradecido por haberme concedido esta entrevista. Se te conoce como crítico de cine, programador y periodista con muchos años de experiencia. En la actualidad estás radicado en la República Argentina. Entre los años 2005 y 2007 fungiste como Director de Programación de la Cinemateca Nacional de Venezuela. En ese tiempo afrontaste grandes retos profesionales. ¿Podrías relatarnos cómo fue esa experiencia?

Pablo Gamba: No sé si fue un reto profesional. Experiencia sí fue. Me explico: en 2005 vi un papel pegado en una vitrina del Teatro Teresa Carreño, en el que decía que buscaban un coordinador de programación para la Cinemateca Nacional y había una dirección de correo electrónico. Envié mi currículo sin saber a quién. Estaba desempleado. Varios meses después me llamó a mi casa quien ejercía entonces el cargo de presidenta provisional de la Cinemateca, Alizar Dahdah, y me dijo que había sido nombrado director de programación, no coordinador. Ella siempre me trató como a un tarado. Su principal exigencia era que tuviera celular y que estuviera siempre encendido, ya se verá por qué.

Supuse que era un malentendido, y todavía hoy sospecho que mi nombramiento pudo tener por objeto culminar la obra que Dahdah y su equipo llevaban a cabo: destruir la Cinemateca. Me recibió, además, una trampa montada, todavía no sé por quién: habían escrito “dictador chileno Salvador Allende” en la Revista de Programación. Se publicaba eso, y estaba despedido de inmediato. Aparte, entiendo que alguien pueda decir cosas malas de Allende, pero dictador nunca fue.

En la Cinemateca, como en toda Venezuela, no había ni hay gestión sino cadena de mando. Significa que hay jefes que dan órdenes y otros las transmiten hasta que llegan a su destino final, donde alguien hace o intenta hacer lo que se le pide, si es posible, y allí termina. Por eso todo se maneja con celular. Si no hay órdenes, no pasa nada, absolutamente nada. De hecho, eso fue lo que conseguí al llegar: nada. Ni siquiera había programación para el mes siguiente. Obviamente, ninguna institución puede funcionar de esa manera. Lo hará el Ejército en medio de una batalla, donde todo se mueve a fuerza de órdenes y contraórdenes transmitidas por radio, pero no en el desenvolvimiento rutinario de ninguna institución, ni siquiera de las Fuerzas Armadas.

Creo que a ellos les sorprendió mucho, y creo que no del todo favorablemente, que mi experiencia de trabajo y mi sentido común me hubieran permitido, de manea relativamente fácil, iniciar intuitivamente una gestión. Se entiende por tal cosa la organización de una serie de actividades orientadas a alcanzar unas determinadas metas, una serie de acciones que hay que llevar a cabo ordenadamente a lo largo del tiempo con un fin. Eso no existe en una cadena de mando. De esa manera pude llevar a cabo cosas que resultaban imposibles antes en la Cinemateca, como desarrollar un proyecto de programación a largo plazo y contribuir a que cristalizara el proceso de instalación de las primeras salas fuera de Caracas de un circuito regional que llegó a cubrir cinco ciudades cuando me fui. Todo eso fue considerado profundamente contrarrevolucionario porque, como decía el Che Guevara, en la revolución lograr lo cotidiano debe ser todo un milagro.

El problema es que eso no es compatible con los caprichos del poder que necesita dar órdenes para creer que existe. Por tanto, cuando cesó el asombro que produce en cualquier idiota ver un juguete que funciona, comenzó el hostigamiento, hasta que me cansé y me fui. Había recuperado mis finanzas, y esa era la principal meta personal que me había propuesto. Al fin y al cabo, todo fue un gran malentendido.

Ser director no fue una experiencia enriquecedora, ni aprendí nada de ella, salvo conocer hasta dónde puedo llegar con mi mal carácter y cuánto puedo engordar si me descuido. Aprendizaje negativo, lo llaman. Pero me tocó una época de transición para el oficio de programar, marcada por una decreciente dependencia de instituciones como las embajadas y una creciente importancia del contacto directo con productores, cineastas y otros programadores. Fue algo que aprendí de un talentoso joven que trabajó conmigo, Daniel Ruiz Hueck, y me ha servido, sobre todo, como periodista, por la capacidad que me ha dado de conseguir a la gente que quiero entrevistar, pasando por alto todos los alcabalas institucionales. También aprendí un montón sobre cine, sobre todo de cine venezolano, y en medio del berenjenal surrealista de la inoperancia del gobierno, conocí mucha gente maravillosa e increíblemente capaz, muchos de ellos insólitamente comprometidos con “el proceso” que los destruía. No sé si todavía andarán en eso.

No sé muy bien para qué cuento esto, que no responde tu pregunta. Quizás para que cosas como esas no vuelvan a pasar en Venezuela, si es que logra recuperarse de todo lo que pasa hoy. Pero puedes aprovechar y venderle la entrevista a una publicación reaccionaria como el viejo Reader’s Digest: “Escogió la libertad y escapó del comunismo”.

Carmelo Urso: A comienzos de la década pasada, las revistas impresas de cine desaparecieron en Venezuela. Frente a esa realidad, fundaste y dirigiste la revista de cine en Internet Vértigo (2004-2011) y lideraste la revista online ENCine de la Escuela Nacional de Cine de Venezuela (2014-2017). Cuéntanos qué impacto tuvieron esas webs en el público lector y cómo influyeron en tu desarrollo profesional.

Pablo Gamba: En el país de los ciegos, el tuerto es rey. Pero no deja de ser el país de los ciegos. La habilidad para conseguir entrevistas, y mantener mi amistad con Daniel, quien siguió en la Cinemateca preparando su futura red de contactos como productor, creó una combinación perfecta: continuaron presentándose por un tiempo buenos programas, principalmente de cine latinoamericano, y aproveché para hacer un montón de entrevistas, literalmente un montón, así como para difundir algunas informaciones sobre lo que estaba pasando en el espacio exterior de Venezuela, a pesar del aislamiento que le ha sido impuesto.

Vértigo nació de un vil propósito de venganza: demostrarle a todos los cretinos que me hicieron la vida imposible en la Cinemateca que yo soy mucho mejor que ellos y que no los necesito a ninguno. También la aproveché para ir armando mis contactitos en el extranjero. Creo que logré las dos cosas en el tiempo que lógicamente tarda una iniciativa unipersonal en agotarse por cansancio. Estuvo en el promedio, que son cuatro años. En el ínterin creo que crecí mucho como crítico.

Lástima que haya tan poca gente interesada en seguir ese camino en Venezuela. Es un eufemismo: no hay nadie. En mi generación estaba María Gabriela Colmenares, quien se dio a sí misma de baja, no sé por qué, y Patricia Kaiser, que se está quemando en el puente de mando del Titanic, juntando un currículo que no va a valer nada cuando el país salga del abismo que es hoy la “revolución bolivariana”, si es que sale. Pero bueno, cada quien se ahorca del palo que encuentra, y el mío es haber sido de la oposición para salir corriendo después al exilio.

ENCine fue otro malentendido. Me llamaron para hacer una cosa que carecía totalmente de sentido, como herramienta educativa y como comunicación institucional. Hice algo totalmente diferente, básicamente lo que me dio la gana, y aproveché la autoformación que debí adquirir en la ENC para dar clases para seguir adelante con mi desarrollo como crítico. También para proseguir con mi trabajo periodístico de informar sobre lo que pasa en el espacio exterior de Venezuela, en particular en la galaxia latinoamericana. Pero se acabó el dinero para derrochar en cosas inútiles para la institución, y me echaron. La revista despareció de la web porque alguien apretó el botón equivocado. Eso fue lo que me dijeron, fíjate tú.

Cosa curiosa: cuando participé en la fundación del Círculo de Críticos Cinematográficos de Caracas, no solo los invité a escribir en ENCine sino que hice el planteamiento de tomar por asalto la revista, para lo cual iba a lograr que la escuela nos nombrara “comité editorial”. Era el mismo plan que tenía cuando fui partícipe del último estertor de Encuadre: expropiarle al estado su revista. Pero no me siguieron la corriente, ni antes ni después. Todavía estoy esperando que escriban un ensayito sobre Diego Rísquez, con motivo de su muerte, o sobre José Castillo, por la misma razón, pero nada. Lo que hay en Venezuela son influencers de las redes sociales y otras estrellas del escándalo mediático en 1.000 palabras máximo. Ni crítica ni críticos hay. Esa es la razón principal por la que desde 2014 quería venirme a la Argentina. Por eso también escribo desde hace más de cinco años para una publicación en la que colabora gente de muchos países, Desistfilm, y antes lo había hecho para El Espectador Imaginario, de Argentina.

Pero bueno, veo que estoy haciendo catarsis, más que responder tus preguntas. Por favor, entiende mi necesidad: desde el 26 de abril soy argentino pero antes era solo venezolano. Tengo estrés postraumático.

Carmelo Urso: Jean-Luc Godard afirmaba: “La fotografía es la verdad. Y el cine es la verdad veinticuatro veces por segundo”. ¿Qué tipo de verdades aspiras descifrar con ese empeño personal de escribir sobre cine en tiempos de virtualidad exacerbada?

Pablo Gamba: No sé si Godard afirma las cosas que dice. Siempre ha sido un cineasta del conflicto, de la contradicción. Si fuera de los que afirma hubiera dirigido Lo que el viento se llevó, no Pierrot el loco.

Lo de que la fotografía sea “verdad” se refiere a que es una tecnología que permite hacer una reproducción de lo real objetivamente, en el sentido de que la voluntad humana no interviene en las reacciones químicas que causa la luz en la película, y crean esa imagen. Eso, por cierto, ya no es así con la fotografía digital, pero esa es otra discusión.

Ahora bien, lo verdadero del cine sería entonces el fotograma. Pasados a velocidad de 24 fotogramas o cuadros por segundo por el proyector, son los que creaban, en la pantalla, la ilusión de movimiento del viejo cine analógico. De allí la característica paradoja godardiana: 24 verdades por segundo crean el cine, que no es verdad sino ilusión.

Como crítico me interesa, sobre todo, la claridad. Acepto la definición de “verdad” como correspondencia de las afirmaciones con un estado de cosas, lo que exige un método de verificación. En el caso de la crítica, se trata de que espectador pueda confrontar lo que leyó con el film, y pueda constatar que las referencias y ejemplos que sustentan mi argumentación están allí. Pero también creo que tengo, o me gustaría tener, mi lado godardiano, porque para mí la tarea del crítico exige una poderosa imaginación de un tipo singular: aquella que es capaz de descubrir y de crear sobre la base de lo que encuentra, no de inventar.

Una película siempre está incompleta. Verla es recibir un conjunto de informaciones y estímulos, y sobre la base de eso y del conocimiento previamente acumulado de lo que es el cine, el espectador tiene que trabajar para entender lo que ve. El crítico es un profesional que hace de esa actividad un acto creador, y si tiene talento y ha estudiado, puede iluminar para el espectador cosas que no sospechaba que estuvieran en un film. Si no tiene talento, lo que hace es publicidad de un producto, bien sea hablando bien de él o mal de la competencia.

Lo de “virtualidad exacerbada” suena a cristianismo del peor. Es el eterno retorno de la recomendación de evitar las falsas cosas del mundo, que nos distraen de la consideración de lo verdadero, que es dios. Con minúsculas ponlo, por favor, porque no soy creyente.

Lo que es real cambia de una época a otra. En la Edad Media, por ejemplo, muchas cosas que hoy son fantasía eran totalmente reales para la gente, que organizaba su vida en consecuencia. En esa época, en cambio, el mercado era algo que ocurría en un determinado lugar, durante un tiempo limitado. Hoy el mercado es lo real en todas partes, y el que suponga lo contrario está condenado a fracasar estrepitosamente, como el país del que escapé. Pero no tiene que ser necesariamente así a perpetuidad, por la misma razón que ya no estamos en la Edad Media. Quizás lo que desprecias como “virtualidad” y condenas por “exceso”, pruebas de que algo medieval sigue vivo en ti, sea lo real del futuro, y los cuentos sean de princesas y príncipes que se conocen luchando contra los dragones de la bolsa de valores.

Carmelo Urso: Los futurólogos suelen comentar que el cine como fenómeno social tiene sus días contados, frente al avance de las plataformas de streaming (Netflix, Amazon) y el desarrollo de los aparatos caseros de TV y realidad virtual. ¿Cuál es tu percepción de este fenómeno?

Pablo Gamba: El cine, como todo, cambiará. De hecho, lo que es propiamente cine, el de la película enlatada, ya hoy es museo, pero también resistencia a los intereses que han impuesto el cine digital: la llamada “resistencia analógica”. Pero también se van a acabar los Netflix y los Amazon, por las mismas razones de que el mercado será superado, digo yo. Podrá ocurrir entonces lo que el cubano Julio García Espinosa planteaba como utopía en 1969: el arte se disolverá, pero no en la nada sino en el todo de la sociedad. Espero la llegada de ese día, y como crítico quisiera hacer todo lo que esté a mi alcance para que sea pronto y pueda verlo y disfrutarlo, con anteojos de realidad virtual, desde luego.

Carmelo Urso: Tanto en tu faceta de programador como de crítico te has convertido en un fiel defensor del cine latinoamericano. ¿Cómo evalúas la actualidad cinematográfica de nuestros países?

Pablo Gamba: Yo crecí en un hogar binacional, de padres argentinos e hijos venezolanos, y toda mi vida en Venezuela estuve rodeado de gente de varios países, en particular latinoamericanos. Me ha resultado más fácil trabajar con mis actuales editores peruanos que con cualquier venezolano y me pasaba lo mismo antes con mi editora argentina.

Ser latinoamericano siempre ha sido para mí algo más lógico y natural que ser venezolano a secas, o argentino ahora, tanto por la cercanía como por un montón de afinidades. Así que el cine latinoamericano viene a ser mi cine nacional, y para mí es una aventura maravillosa el aprendérmelo y aprender a conocer todos esos países, de la misma manera que tuve que aprenderme Venezuela para poder sentirme venezolano y ahora estoy enfrascado en aprenderme la Argentina.

No es una pasión inútil, demás. Creo que el cine de América Latina es increíblemente diverso y creativo, si nos tomamos el trabajo de ir más allá de las pocas películas que tienen alguna circulación en cines. Hoy, por ejemplo, se está fraguando un novedoso realismo sobre la base de la continua problematización del acercamiento a lo real. Quizás el mejor ejemplo sea Cocote, la película dominicana de Nelson Carlo de los Santos Arias. También Viejo calavera del boliviano Kiro Russo y Branco sai, Preto Fica del brasileño Adirley Queirós, o El auge del humano del argentino Eduardo Williams, para no olvidarme de los locales. El tema es que persiste la colonización de la mirada, que lleva a mirarse a uno mismo y a su cultura con vergüenza. Por eso la liberación quizás no sea una batalla épica, y al día siguiente a descansar, viendo al tipo que ganó en televisión, sino un pequeño trabajo del día a día para que el espíritu se vaya ensanchando.

Carmelo Urso: No sólo escribes sobre cine: también has fungido como profesor en la Escuela Nacional de Cine de Venezuela. ¿Qué es lo que más te gusta del ejercicio de la docencia?

Pablo Gamba: En la ENC y en la Escuela de Cine y Televisión también, y por más años. Yo no fui, ni soy, ni seré profesor para enseñar sino para aprender. Dar clases es, ante todo, un ejercicio de autoformación y de someter lo que uno sabe, o cree saber, a la confrontación con el estudiante. Si no le interesa y se aburre, es porque lo que uno aporta no es algo lo suficientemente bueno para que el otro llegue a interesarse.

No pretendo ser demagogo y decir que todos los estudiantes son así, pero en muchos cursos he encontrado interlocutores, y lo que más me gusta de ellos es cuando me confrontan con su punto de vista en clase o en un examen, así como cuando veo que algo que les llevé fue lo suficientemente importante para ellos como para integrarlo a su incipiente trabajo en la escuela, como pichones de cineastas. Debo confesar, finalmente, que hay muchas cosas sobre películas que he llegado a saber porque los estudiantes me las han enseñado.

Carmelo Urso: Sabemos que has dictado talleres de cine en instituciones culturales y académicas. Aquellos que estén interesados en contactarte para organizar este tipo de actividades, ¿cómo pueden comunicarse contigo? ¿Qué tipo de talleres sueles impartir?

Pablo Gamba: No me gusta la palabra “taller”. Suena a escuela-taller, que es a donde los curas llevan a los niños pobres a aprender oficios manuales que les permitirán desarrollarse al máximo como pobres. Prefiero “curso”. Pero tampoco he andado dictando cursos por allí: lo que he hecho es dar clases en escuelas. Eventualmente hay materias que pueden transformarse en cursos de interés para cualquier cinéfilo, y creo que mis clases de cine latinoamericano pueden tener ese perfil.

En Venezuela intenté dar “talleres”, esta vez sí con comillas, de crítica de cine. Pero, como dije antes, en ese país no hay crítica ni críticos, por lo que la gente no tiene la menor idea de lo que es eso, y por ende tampoco el menor interés. Una vez pasó que una chica presentó una nota de prensa de distribuidora como “crítica”, probablemente porque hacerlas es su trabajo y lo que buscaba era aprender eso en el taller.

Por otra parte, la crítica no se aprende en un taller sino escribiendo para una revista. O también podría ser un taller permanente, cuyo objetivo sea infiltrar las críticas que se produzcan en las revistas de terceros. Me gusta más eso. Así que, si uno quiere enseñar sin estafar, el camino sería ese, y sería un camino largo y laborioso, de años quizás. Si hay algún interesado, escríbame a mi correo, que es pablogamba@hotmail.com o búsqueme en Facebook, donde todo el mundo encuentra a cualquiera. Para todo lo demás existe Master Card.

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Un comentario en “Pablo Gamba: “La tarea del crítico exige una poderosa imaginación, capaz de descubrir y de crear sobre la base de lo que encuentra, no de inventar”.

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