El bautizo de los duendes (cuento de hadas)


Érase una vez una pobre criada que trabajaba mucho y de forma diligente, y siempre de la mejor manera. Cada día barría la casa y amontonaba los escombros junto a la puerta trasera.

Una mañana, cuando iba a ponerse a trabajar, vio en medio de los escombros una carta. Como no sabía leer, dejó la escoba apoyada en una esquina y fue a ver a la señora y le llevó la carta. Resultó ser una invitación de los duendes, que pedían a la criada que fuese madrina y desempeñara esa función en el bautizo de un hijo recién nacido de unos duendes.

—¡Ay, señora, no sé qué hacer! —dijo la criada.

—Entiendo, Gretchen, no es fácil tomar una decisión —dijo la señora—. Pero he oído decir que no es correcto rechazar una invitación que te hacen los duendes. Me parece que deberías aceptar.

—Si usted lo dice, señora… —dijo Gretchen.

La señora escribió en su nombre una carta aceptando la invitación. La dejó donde había encontrado la primera carta, y en cuanto se volvió de espaldas, desapareció. Y muy poco después se presentaron tres duendes que la condujeron al interior de una montaña vacía por dentro. Para poder entrar Gretchen tuvo que agachar la cabeza, pero una vez dentro se quedó maravillada ante el esplendor de todo lo que se le ofrecía a la vista, que era inimaginablemente delicado y precioso.

La madre que había dado a luz recientemente estaba tendida en una cama de caoba oscurísima, con incrustaciones de perlas. El cobertor estaba bordado con hilo de oro, la cuna era de marfil, y la pequeña bañera de oro puro. El recién nacido era tan pequeño como un dedal.

La muchacha hizo de madrina, y luego pidió permiso para volver a casa, porque iban a necesitarla ya que al día siguiente iba a haber mucho trabajo allí. Pero los duendes le suplicaron que se quedara con ellos al menos tres días. Fueron tan persuasivos y tan amistosos que ella accedió y se lo pasó muy bien con ellos. Y ellos hicieron todo cuanto estuvo en sus manos para que ella disfrutara de su estancia.

Pasaron los tres días y ella les dijo que no tenía más remedio que volver a casa. Llenaron sus bolsillos de oro y la llevaron hasta la salida. Una vez afuera ella comenzó a caminar de regreso a su casa, llegó a media mañana, y vio que la escoba seguía apoyada en el rincón donde ella la había dejado. Se puso enseguida a barrer como de costumbre, y al poco se quedó de piedra porque salieron de la casa unos desconocidos y la preguntaron que qué hacía. Resultó que su antiguo señor había fallecido, y que no había permanecido en la montaña tres días, tal como ella imaginaba, sino siete años.

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Los duendes (cuentos de hadas)

Érase una vez un zapatero que, sin que mediara ninguna culpa por su parte, se fue haciendo cada vez más pobre. Tanto, que apenas si le quedaba ya cuero, pues apenas tenía el suficiente para hacer un solo par de zapatos. Cortó el cuero por la tarde, con idea de ponerse a coser los zapatos a la mañana siguiente, y después se fue a dormir. Estaba muy despejado, de manera que rezó sus oraciones y luego durmió pacíficamente.

A la mañana siguiente se despertó, comió un pedazo de pan seco, y se sentó a su banco de trabajo. Y de repente vio que los zapatos ya estaban hechos. Se quedó deslumbrado. Los cogió y los miró y remiró desde todos los ángulos posibles. Cada puntada estaba hecha a la perfección, cada parte del zapato estaba en su sitio. No habría sido capaz de hacerlos mejor.

Muy pronto entró un comprador, que necesitaba unos zapatos de esa talla exactamente, y ese par le gustó tanto que los compró, pagando por los zapatos un buen precio.

Con ese dinero el zapatero podía comprar cuero para hacer otros dos pares de zapatos, y así lo hizo. Y de la misma manera que la otra vez, cortó el cuero por la tarde, con intención de proseguir el trabajo a la mañana siguiente, esta vez con muy buen ánimo. Pero no tuvo necesidad de continuar: cuando despertó, los zapatos ya estaban hechos, igual que la vez anterior, como si los hubiese cosido un maestro del oficio. Pronto encontró compradores para los dos pares, y de este momento le quedó un beneficio suficiente como para comprar cuero para hacer cuatro nuevos pares. Compró el cuero, y a la mañana siguiente todos los zapatos ya estaban hechos, los vendió también, y así sucesivamente. Por la tarde cortaba el cuero, y al día siguiente los zapatos aparecían hechos, y de este modo muy pronto se encontró con que obtenía unos buenos ingresos, y no transcurrió mucho tiempo antes de que se convirtiera en un hombre rico.

Una tarde, cuando ya se aproximaba la Navidad, cortó como de costumbre el cuero para hacer más zapatos y, cuando ya iban a acostarse le dijo a su mujer:

—¿Qué te parece si esta noche nos quedamos despiertos un rato, a ver si de este modo averiguamos quién ha estado ayudándonos?

A su esposa le pareció buena idea, así que encendieron una lámpara y se quedaron esperando escondidos detrás de un perchero de un rincón del taller, detrás de las perchas con ropa colgada.

A medianoche dos hombrecitos desnudos se colaron por debajo de la puerta, pegaron sendos saltos para subirse al banco de trabajo, y se pusieron de inmediato a trabajar, y cosieron todos los zapatos a una velocidad que al zapatero le parecía increíble. No pararon hasta haber terminado toda la tarea, dejaron después los zapatos en el banco y se fueron otra vez por debajo de la puerta.

A la mañana siguiente, la esposa del zapatero dijo:

—Me parece que deberíamos devolverles el favor a estos hombrecillos. Al fin y al cabo, nos han hecho ricos, y ya les ves a los pobres, andando por ahí sin una ropa adecuada para protegerse del frío. Voy a coser para ellos unas camisas y unas chaquetas, algo de ropa interior y unos pantalones, y además tejeré para ellos dos pares de calcetines. Y tú podrías hacerles unos zapatitos.

—Es una buena idea —dijo el zapatero, y ambos se pusieron a trabajar.

Aquella tarde dejaron en el banco toda la ropa en lugar del cuero para hacer más zapatos, y volvieron a esconderse para ver qué hacían aquellos hombrecillos. Los dos entraron a medianoche, saltaron como la otra vez al banco dispuestos a ponerse a trabajar, pero se quedaron parados de sorpresa viendo toda esa ropa, y empezaron a rascarse perplejos la cabeza. Al fin comprendieron para qué era todo eso, saltaron de alegría, se vistieron al momento, se atildaron lo mejor posible, y acabaron poniéndose a cantar:

En nuestra vida nunca estuvimos mejor.
¡Se acabó lo de ser remendón!

Saltaron del banco, ágiles como mininos, y siguieron saltando y brincando por las sillas, el banco, el hogar, el alféizar de la ventana, y finalmente se colaron por debajo de la puerta y desaparecieron.

Nunca más regresaron, pero el zapatero siguió progresando. A partir de entonces el trabajo siempre fue bien, y él y su esposa vivieron felices el resto de sus vidas.