LIV PREMIOS LITERARIOS KUTXA CIUDAD DE SAN SEBASTIÁN 2018 – MODALIDAD RELATO (España)

BASES

Al objeto de fomentar la creación y difusión literarias, Kutxa Fundazioa convoca los LIV Premios Literarios Kutxa Ciudad de San Sebastián, correspondientes al año 2018, de acuerdo con las siguientes bases:

1. El certamen está abierto a la participación de escritores en lenguas vasca o castellana, independientemente de su nacionalidad, procedencia o lugar de residencia, quienes habrán de concurrir con obras originales e inéditas, no premiadas en otro concurso literario de cualquier naturaleza o lugar, condiciones que deberán mantener hasta el momento del fallo. El autor de la obra garantizará la autoría de la obra presentada al Premio, así como que no es copia ni modificación de ninguna otra ajena, y que no corresponde a un autor fallecido.

A estos Premios Literarios Kutxa Ciudad de San Sebastián, no podrán presentarse quienes sean Jurados de los mismos en la edición objeto de concurso.

2. Los trabajos habrán de presentarse en hojas de formato DIN A4 (210 x 297 mm) mecanografiadas a doble espacio por una sola cara. Se deberá remitir una copia impresa a: “Premios Literarios Kutxa Ciudad de San Sebastián 2018”, Gureak Marketing. Camino de Illarra 4. 20018 San Sebastián, y una copia en formato PDF a literatursariak@kutxa.eus. El plazo de admisión de obras se cerrará el 30 de abril de 2018.

3. Las obras deberán identificarse solamente con su título. Carecerán por tanto de detalles que puedan identificar al autor. En la plica, en sobre cerrado aparte, se incluirá fotocopia del Documento Nacional de Identidad y los siguientes datos: nombre, apellidos, dirección, e-mail y teléfono del autor, mencionándose en el exterior el título de la obra, además de la especialidad a la que concurre.

Será imprescindible adjuntar asimismo, declaración firmada aceptando expresamente las bases y condiciones de este Premio, garantizando que la obra no se halla pendiente del fallo de ningún otro Premio y que el autor tiene la libre disposición de todos los derechos de explotación sobre la obra en cualquier forma y en sus diferentes modalidades. No se podrá presentar la misma obra en dos idiomas distintos.

4. Kutxa Fundazioa designará los Jurados para las distintas especialidades, siendo su fallo inapelable. El hecho de participar en estos Premios Literarios implica la aceptación de sus bases. Todas las incidencias no previstas en estas bases serán resueltas por los respectivos Jurados.

5. La determinación de las obras ganadoras, la apertura de plicas y la proclamación de ganadores, tendrán lugar en San Sebastián, el 8 de septiembre del año 2018, a las 13:00 horas. La fecha de entrega de los premios se anunciará el día del fallo de los mismos.

6. Cualquiera de los premios podrá ser declarado desierto si los trabajos presentados no tuvieran el nivel de calidad requerido. No será considerada por el Jurado correspondiente ninguna obra de la que se tenga noticia que haya sido premiada en otro Concurso en el período comprendido entre el término del plazo de admisión de las obras y la fecha del fallo de los Premios Literarios Kutxa Ciudad de San Sebastián 2018.

7. En este sentido, será obligación del autor comunicar por escrito cualquier variación surgida respecto a la obra presentada durante el período de tiempo detallado en la base 6, dirigiéndose a: Kutxa Fundazioa – Tabakalera – Plaza de las Cigarreras 1. 20012. San Sebastián.

8. Asimismo, ninguna obra seleccionada por el Jurado podrá ser considerada ganadora con carácter definitivo hasta no haberse comprobado el cumplimiento de todas las condiciones requeridas para ello y expresadas en los puntos 1 y 6 de estas bases.

9. Kutxa Fundazioa se reserva, en exclusiva, el derecho de edición de las obras premiadas (directamente o por medio de otra empresa editorial) durante el plazo máximo de seis meses, contados desde el momento del fallo. Transcurrido dicho plazo, los autores dispondrán de sus obras libremente, pero en posteriores ediciones de las mismas deberá consignarse la distinción concedida.

10. Las obras no premiadas, así como sus correspondientes plicas, no serán devueltas, siendo destruidas después de la proclamación de ganadores de los Premios Literarios Kutxa Ciudad de San Sebastián 2018. No se mantendrá correspondencia con los autores de las obras presentadas, ni se proporcionará información sobre los títulos seleccionados, en su caso, por los prejurados.

11. Posibles consultas relativas a los Premios y las bases podrán formularse a través de la dirección literatursariak@kutxa.eus.

MODALIDADES Y PREMIOS

LIBRO DE RELATOS EN EUSKERA

Para obras de temática y narración libres, con una extensión mínima de 100 pags. en hojas DIN-A4 y al menos cuatro relatos.

Premio: Trofeo y 10.000 euros.

TEATRO EN EUSKERA (Literatura dramática)

Para obras de tema libre y cualquier variedad dramática, concebidas para su representación en los recintos teatrales habituales o alternativos, de duración mínima de 75 minutos y máxima de 120.

Premio: Trofeo y 15.000 euros.

LIBRO DE RELATOS EN CASTELLANO

Para obras de temática y narración libres, con una extensión mínima de 100 pags. en hojas DIN-A4 y al menos cuatro relatos.

Premio: Trofeo y 10.000 euros.

TEATRO EN CASTELLANO (Literatura dramática)

Para obras de tema libre y cualquier variedad dramática, concebidas para su representación en los recintos teatrales habituales o alternativos, de duración mínima de 75 minutos y máxima de 120.

Premio: Trofeo y 15.000 euros.

Premios exentos del I.R.P.F. Exención concedida por la Excma. Diputación Foral de Gipuzkoa.

Anuncios

Campo de Concentración (una #fábula distópica y objetivista)

Charles Reznikoff

Cuando el tren llegó al Campo de Concentración, el viejo doctor -que había sido coronel del ejército austríaco- mostró sus diplomas y fotografías donde aparecía uniformado como oficial de alto rango.
Pero esto no lo salvó.
Los agentes nazis de las S.S. lo golpearon hasta que murió.
Luego rompieron sus diplomas.

Entretenimiento (una #fábula distópica y objetivista)

Charles Reznikoff

Los domingos no se trabajaba en el Campo de Concentración y los judíos eran ubicados en filas contra la pared.
A cada judío se le colocaba una botella sobre la cabeza.
Los agentes nazis de las S.S. se entretenían disparando a las botellas: si acertaban, la persona se salvaba; pero si la bala descendía un poco en su trayectoria… bueno, el judío estaba listo.

Invasión (una #fábula distópica y objetivista)

Charles Reznikoff

Cinco judíos polacos consiguieron una pequeña carreta.
Contrataron a un polaco para que los condujera hacia el Este.
Buscaban escapar de los agentes nazis de las S.S. que habían ocupado la ciudad.
Recorrieron un buen trecho con la carreta.
Pero de pronto, después de haberse alejado de la urbe, vieron a los agentes nazis de las S.S. que esperaban a los cinco judíos polacos que pretendían escapar de la ciudad.

La canción del lavamanos (una #fábula objetivista)

Louis Zukofsky

A mi lavamanos,
en donde lavo
mi mano izquierda y mi mano derecha

a mi lavamanos,
cuya base es griega
y cuya columna es de mármol estriado

a mi lavamanos,
cuya cavidad
es un óvalo en un cuadrado

a mi lavamanos
cuyo cuadrado de mármol tiene dos óvalos más pequeños,
a izquierda y derecha, para colocar el jabón

llega una canción de agua
del grifo derecho y del grifo izquierdo
y así mi mano izquierda y mi derecha mezclan frío y caliente

llega un chorro al cual he llamado canción
una canción
que toma forma exclusivamente en mi cerebro.

#Haikus de George Oppen

George Oppen
George Oppen

George Oppen

Soledad: todo
o nada
nos confronta.

Obsesionado, perturbado
por el naufragio de lo singular
escogí la determinación de ser numeroso.

Imposible dudar del mundo: se puede ver
y por ser irrevocable
no puede ser entendido.

Para nosotros
un hombre o una mujer cerca
es conocimiento.

¿Cuál es el nombre de ese lugar
donde hemos entrado?
¿El desespero? ¿Nosotros mismos?

Vivimos así
y escogimos vivir:
+esos fueron nuestros tiempos.

El tiempo del planeta.
Sangre de una piedra.
Vida de un dique muerto.

Cincuenta años.
Tiempo sideral.
Juntos y entre los otros…

Podemos destruirnos
ahora
mientras entramos al refugio.

Desde esta distancia
pensando en ti
el tiempo es retroceso.

Un movimiento
sin valor:
no encontrarte.

Lo que he visto
es todo lo que he encontrado:
yo mismo.

Las palabras existen
y con sus ojos vemos.
Así poseemos la tierra.

Los hilos que tejen la leyenda (una #fábula del universo Forgotten Realms)

/strong>

Por Elaine Cunningham

«Si me pides consejo —y lo has hecho— te diría que dejaras esa tarea en manos de tu tío Khelben. De vosotros dos, es el que más se lo merece. No obstante, puesto que no pareces ser de naturaleza vengativa, puedes empezar esta historia por el principio. En mi opinión, no puedes contar la historia del pueblo elfo sin hablar de los dioses; yo he conocido a muchos elfos que te harian creer que hay muy poca diferencia entre ellos y los dioses.»

Extracto de una carta de Elminster del valle de las Sombras

1

Antes del principio de los tiempos, antes de que el legendario reino conocido como Faerie iniciara su ocaso, existía el Olimpo.

El Olimpo, hogar de los dioses, era un lugar vasto y maravilloso; con mares límpidos de cuyas profundidades brotaba nueva vida, seres que a su debido tiempo poblarían los mundos que nacían bajo miles de soles; con verdes pastos tan fantásticamente fértiles como las mentes de los dioses que hollaban; jardines como vastas y espléndidas puestas de sol; y Arvandor, el bosque en el que vivían los dioses elfos.

Y en Arvandor buscaba refugio, herido, abatido y más cerca de la muerte de lo que nunca había estado un dios elfo.

Era Colleron Larethian, líder de los dioses elfos. Era ágil, dorado y hermoso pese a los estragos de la batalla. Aunque estaba gravemente herido, corría con una gracia y velocidad que un gato montés envidiaría. Pero su rostro mostraba una tensa expresión de frustración y con una mano apretaba con fuerza una vaina vacía que llevaba a la cintura.

Corellon era un guerrero —el padre de todos los guerreros elfos—, y no deseaba otra cosa que quedarse y luchar hasta el final de la batalla. Sin embargo, su arma estaba hecha pedazos y él había jurado que no usaría su magia divina contra su enemigo. No tenía más remedio que huir, ya que si Corellon caía —él, que era la esencia de la fuerza, la magia y la belleza de los elfos—, el pueblo elfo estaría condenado.

Su único consuelo era que, por cada gota de su sangre que se vertiera, nacería un niño elfo. Así había sido en el pasado. No era la primera batalla que libraba con Gruumsh, y sospechaba que no sería la última

El combate se prolongaba desde el alba y pronto llegaría el ocaso. Ensordecido por los latidos de su propio corazón, el Señor de los Elfos buscó un lugar donde refugiarse y descansar unos momentos. Pero tales lugares no abundaban en el Páramo, donde sólo había colinas que se perdían en el infinito, mares poco profundos de turba y unos pocos árboles empecinados. Cerca de él crecía un ciprés bajo y contrahecho, cuyas ramas retorcidas y casi desnudas colgaban hasta el suelo.

Corellon se agachó para que lo acogiera la exigua combra y se dejó caer para descansar. Mientras lo hacía, sus ojos recorrían las colinas y trazaba planes para una batalla en la que aín no podía verse implicado. Desde luego, el Páramo poseía una cierta belleza austera, pero no era el lugar más adecuado para un dios elfo; Corellon estaba fuera de lugar, y lo sabía.

El Olimpo no tenía límites finitos y englobaba los diferentes conceptos de lo que era el paraíso para cada pueblo. El Páramo había sido elegido como cortesía a otro dios, uno al que Corellon había llamado a parlamentar: Gruumsh, el principal dios de los dioses orcos.

Gruumsh estaba en su elemento en los escabrosos páramos, colinas y montañas de un centenar de mundos. El Señor de los Orcos nunca habría podido vencer a su homólogo entre los árboles de Arvandor, pero allí la ventaja era suya. Y el entorno familiar parecía haberlo envalentonado; desde su primer golpe Gruumsh se había mostrado cada vez más seguro y había hecho gala de mayor decisión que nunca. Ahora, perseguía empecinadamente al dios elfo.

Corellon divisó a su enemigo, que salvaba rápidamente una distante colina. Gruumsh casi doblaba en altura los retorcidos árboles del Páramo, tenía un cuerpo musculado y llevaba una armadura de cuero gris casi tan resistente como una malla de factura elfa. Su hocico, semejante al de un oso, tembló mientras husmeaba el aire en busca del rastro del Señor de los Elfos, y la lanza de hierro le rebotaba en un hombro al caminar. El brutal dios sangraba casi tan profusamente como Corellon, pues el combate entre ambos había sido largo y feroz. La diferencia era que el Señor de los Orcos aún conservaba sus armas, mientras que los trozos de la espada de Corellon yacían diseminados entre los brezos.

Mientras contemplaba el avance del dios orco, Corellon comprendió por primera vez lo estúpido que había sido. Había invitado a Gruumsh al Olimpo para hablar de cómo poner fin a la devastadora guerra entre los orcos de Gruumsh y sus elfos, una guerra que amenazaba con rasgar el mismísimo Tejido del antiguo reino de Faerie. Corellon lo invitó, Gruumsh aceptó, y luego lo traicionó.

El Señor de los Elfos asumía su responsabilidad. Pese a que le hubiera gustado decir que había tratado a Gruumsh como a un enemigo honorable, demostrándole buena fe y esperando lo mismo de él, lo cierto es que no le sorprendió lo más mínimo que el Señor de los Orcos rompiera la tregua. De hecho, Corellon había renunciado a cualquier ventaja, porque nunca se le había pasado por la cabeza que podía perder una batalla.

Era orgulloso, quizá demasiado, tal como lo eran sus hijos elfos. Corellon conocía perfectamente la astucia y la ferocidad de su adversario orco y, no obstante, había confiado en su superioridad, agilidad y en Sahandrian, su fabulosa espada. Aún no comprendía cómo el dios orco se las había ingeniado para atravesar el metal y vencer la magia de Sahandrian con una simple hacha oxidada que manejaba con una sola mano.

Finalmente, llegó a la conclusión de que había sido una traición; era la única explicación, ya que Sahandrian no era una espada normal y corriente. Él mismo la había forjado; había trabajado muchos siglos para hacerla y encantarla. Y él no había sido el único dios que intervino en su creación. Sehanine Moonbow, la diosa elfa del claro de luna y los misterios, había dotado a su resplandeciente hoja de magia lunar, puesto que la belleza es poderosa por sí sola. Hanali Celanil había convertido la empuñadora de una obra de arte repleta de gemas y trabajadas tallas. En la hoja había grabado runas que representaban, ya acaso capturaban, la fuerza imperecedera del amor elfo. Su amada Aurashnee, la diosa de los artesanos y del destino elfo, había tejido con sus propias manos la funda de seda de complejo diseño que iba dentro de la vaina de Corellon y lo envolvía en una red mágica.

Todas estas diosas tenían adoradoras entre el pueblo, y era posible que un alto clérigo se hubiera dado cuenta de la esencia mágica de su amada, y que hubiera vuelto este conocimiento en contra del dios de los elfos.

Pero ¿por qué? ¿Qué podría impulsar a un elfo a volverse contra sus propios dioses? Era una pregunta que Corellon nunca antes se había planteado, porque no había sido necesario. Pero ahora, mientras contemplaba el cielo púrpura del crepúsculo y el avance del Señor de los Orcos, lo obsesionaba.

La solitaria luna del Olimpo, una esfera ámbar que palidecía y adquiría una tonalidad plateada mientras ascendía, llegó a la cima de las colinas. La luz que emitía proyectaba una descomunal sombra que se extendía por delante del Señor de los ORcos. Al notarlo, Gruumsh dejó al descubierto sus colmillos en una salvaje mueca. Tanto la brillante luz de la luna como el terreno abierto eran sus aliados, pues le facilitaba la busca de su rival.

Un leve movimiento en el horizonte llamó la atención del dios orco. No era más que un resplandor, semejante a las luces multicolores que danzaban en los fríos cielos septentrionales en uno de los mundos favoritos de Gruumsh, pero reconoció de dónde provenía y sonrió. Sehanine.

Gruumsh odiaba a todas las deidades elfas y aborrecía sus hijos e hijas mortales —aunque no tanto—, pero abrigaba una especial animadversión por esa moza. Pese a ser menuda como una chiquilla, pálida como la luz de la luna y tan insípida como la carne sin sangre, la diosa Sehanine era un poderosa rival. Eso ofendía a Gruumsh. Las hembras orcas solían ser más bajas y más débiles que los machos y, por lo tanto, poseían mucho menos poder. Uno de los preceptos que aprendían los jóvenes orcos era: «Si Gruumsh hubiera querido que las mujeres mandaran, les hubiera dado músculos más grandes». Desde luego, no las habría equipado con la magia sobrenatural de Sehanine ni con esa sutil mente que ningún guerrero orco podía sondear. Corellon ya era bastante fastidioso, pero al menos Gruumsh sabía qué podía esperar de él: lucha directa, sangrienta y estimulante. Eso era lo que el Señor de los Orcos somprendía y respetaba.

El orco contempló con aprensión cómo las luces danzantes se unían y formaban una esbelta figura femenina. Sehanine avanzó hacia él como una nube de luz, haciéndose más sólida a cada paso. La noche era su elemento, y ella parecía alimentarse de la luz de la luna y extraer poder de ella. En las manos portaba una brillante espada, con la punta hacia arriba.

Un algo inherente a los dioses dijo a Gruumsh que no era un arma normal y corriente. No, esa espada estaba viva. Estaba tan viva y resultaba tan problemática como cualquier mundo elfo, y todos los seres vivos que lo habitaban, y su poder era tan grande como el sol que calentaba ese mundo y los cielos que lo sostenían. El asombrado orco se fijó en las miles de diminutas estrellas que se arremolinaban en la maravillosa hoja y notó la magia que latía en ella y que la recorría como olas de un océano.

Era Sahandrian, la espada de Corellon. ¡Nueva e intacta por arte de magia!

La sorpresa se tornó al punto rabia, y Gruumsh lanzó un furioso bramido que resonó por el Páramo como un trueno. El momento de mayor orgullo del Señor de los Orcos fue cuando hizo añicos esa espada y vio cómo los refulgentes fragmentos palidecían y finalmente desaparecían. Pero una esmirriada elfa le había estropeado su gran triunfo. El odio que Gruumsh sentía hacia la diosa de la luna se multiplicó por mil, y lanzo a gritos un aterrador juramento de venganza contra ella y todos los elfos.

Pero Sehanine siguió caminando, sin dignarse siquiera a mirar al furioso Gruumsh. La diosa subió la colina, paso por su lado y empezó a descender hacia el valle, moviéndose a una distancia fácilmente alcanzable por una lanza.

El dios orco arrugó el ceño ante ese insulto tácito, cogió rápidamente la lanza que llevaba a la espalda y tomó impulso para arrojarla.

El leve sonido debió de alterar a su objetivo, pues la diosa se volvió hacia él con una expresión de ligero desdén. Entonces, a una velocidad increíble, apuntó a Gruumsh con la espada elfa como si se tratada de la vara de un mago. El arma lanzó una única pulsación de luz plateada, que envolvió al dios orco en una reluciente esfera. Cegado y gruñendo de rabia, Gruumsh cerró una mano y se golpeó los ojos con el puño para tratar de desterrar las estrellas que flotaban y giraban detrás de sus párpados.

Cuando el Señor de los Orcos recuperó la visión, la diosa ya estaba muy lejos del alcance de su lanza. Sehanine estaba de pie junto a un retorcido ciprés cuyas raíces se aferraban a la cima de la siguiente colina. El orco vio con consternación que no estaba sola; un guerrero dorado que le era muy familiar avanzaba rápidamente hacia ella. Sehanine se arrodilló ante él y le ofreció Sahandrian. Las luces que se arremolinaban dentro de la espada elfa llamearon y brincaron cuando su legítimo propietario la empuñó.

Gruumsh agitó su lanza, que ya no le servia de nada, y se puso a danzar de rabia.

—¡Truhán! ¡Cobarde! —gritó a voz en grito—. ¡Te he vencido en duelo y ahora te escondes detras de las faldas de una mujer! ¿Y tu juramento? ¡Prometiste que no usarías en mi contra ningún tipo de magia elfa, pero permites que esa bruja te ayude!

—No es cierto —replicó Sehanine con firmeza, y su voz argentina flotó por el valle que los separaba. La diosa se levantó e hizo frente al airado dios—. Tú rompiste la tregua, Gruumsh, y eso sera recordado por los tiempos. Corellon respeta vuestro trato y todos los principios de los tiempos. Corellon respeta vuestro trato y todos los principios de una batalla honorable. No lo venciste. La destrucción de su espada no fue una victoria suya. Sahandarian fue destruida por un elfo, por lo que al Seldarine le corresponde restaurar lo suyo.

Con estas crípticas palabras la diosa se volvió hacia Corellon. Sus ojos plateados recorrieron su cuerpo y se humedecieron al ver sus numerosas heridas. Sehanine enjugó las lágrimas, que le resbalaban por las mejillas, y extendió sus delicados dedos hacia el dios para tocar su rostro sangrante. Cuando sus lágrimas entraron en contacto con la sangre, adquirieron un resplandor mágico.

—Hijos de la luna y el sol —susurro Sehanine—. Contemplad, Señor, las almas de los elfos que todavía no han nacido. Ni siquiera la lucha contra un enemigos sin honor puede disminuir la magia que compratimos.

La diosa quiso decir más, pero la brillante luz de luna que la alimentaba de pronto se atenuó, al tiempo que se levantaba un viento que arrastraba una confusa masa de nubarrones que tapaban la luna. Sehanine echó un vistazo a sus espaldas. Como ya esperaba, el orco había aprovechado lo que le debió de parecer un momento de debilidad elfa para atacarlos.

—Matadlo, mi Señor —susurró Sehanine ferozmente, con una dura expresión en el rostro, y rozó la vaina de la espada de Corellon como si la bendijera. Cuando los nubarrones se abrieron, ella había desaparecido.

Corellon se tragó las palabras de agradecimiento y las cuestiones que ardía en deseos de preguntar. Más tarde buscaría a Sehanine, y ella le explicaría qué magia había empleado y la traición elfa a la que había aludido.

Pero, por el momento, bastaba con empuñar de nuevo Sahandrian. El dios elfo levantó su espada en alto, exultante por volver a tener la maravillosa arma en sus manos y por la perspectiva de reanudar el duelo. Con un sonoro grito, Corellon descendió corriendo la colina para enfrentarse al orco.

El encontronazo entre ambos dioses se produjo en el valle. La espalda elfa chocó contra la vara de hierro de la lanza del orco, y saltaron chispas semejantes a estrellas fugaces. Deliberadamente, Corellon permitió que su arma rebotara; sabía que no podía igualar ni tampoco contrarrestar la fuerza del ataque de Gruumsh. Su ventaja era la agilidad. Sin disminuir en ningún momento el impulso que llevaba, el elfo se agachó bajo las armas cruzadas. Se oyó el rechinar de metal contra metal cuando el acero elfo se deslizo por la vara de la lanza, con intenciones mortales.

Gruumsh giró bruscamente la lanza hacia un lado y aparto el acero que lo amenazaba. Entonces, dio una vuelta sobre si mismo y retrocedió para mantenerse fuera del alcance del elfo. Al volverse hacia su rival, Gruumsh bajó el extremo romo de su lanza y, describiendo un arco, arremetió contra las botas que cubrían los pies del elfo.

Corellon dio unos gráciles pasos hacia atrás, justo lo que Gruumsh había esperado. El arma del orco era considerablemente más larga que la del elfo, y ni siquiera Sahandrian podía cortar lo que no alcanzaba.

Con una fiera sonrisa, el orco completó el barrido con la lanza, de modo que el asta quedara planta y la punta de hierro apuntara a la garganta de Corellon. Entonces Gruumsh embistió con todas sus fuerzas al tiempo que impulsaba la lanza.

Corellon no trato de detener la impetuosa embestida. Simplemente se agachó para esquivar la lanza y giró sobre sus talones para encararse con su enemigo, usando su velocidad para hacer más poderoso el arco que trazaba Sahandrian. La espada se hundió en la cadera del Señor de los Orcos. Gruumsh giró rápidamente, con la lanza hacia adelante, en toda su longitud, pero el elfo se le acercó, demasiado para que la punta afilada de la lanza pudiera tocarlo. Corellon arremetió con su espada y dio otro tajo en el costado del dios orco, antes de que el asta de la lanza se le clavara en las costillas.

El golpe arrojó al elfo al suelo, pero se levantó al instante y volvió a atacar. Sin embargo, Gruumsh había dejado de lado la lanza y ahora sostenía en una de sus poderosas manazas una daga, y en la otra el hacha con la que una vez ya había hecho pedazos a Sahandrian.

Durante largos momentos la lucha fue casi cuerpo a cuerpo, y el entrechocar y rechinar del metal contra metal resonó por el vigilante Páramo. En las manos del dios elfo Sahandrian giraba, daba estocadas y danzaba, moviéndose tan rápidamente que dibujaba lazos de luz en el aire. Esta vez la espada de Corellon aguantó y desvió el hacha del dios orco una y otra vez, sin que quedara ninguna marca en su reluciente filo.

Las sombras entrelazadas de los dioses enzarzados en la batalla se fueron haciendo más cortas a medida que la luna se elevaba en el cielo. Ahora Gruumsh jadeaba y oía un zumbido en los oídos, como si un enjambre de furiosos insectos revoloteara dentro de su cabeza. El orco era mucho más fuerte que su rival pero, por mucho que lo intentara, no conseguía rebasar las defensas del elfo y golpear con toda su fuerza. Gruumsh tampoco era tan ágil como su enemigo y, pese a que el usaba dos armas y Corellon solo una, la hoja elfa lograba introducirse entre sus defensas una y otra vez. Tenía el costado cosido a cortes y la empuñadura del hacha le resbalaba por su propia sangre. El dios orco empezó a sospechar que la lucha que ya creía haber ganado, la victoria que había obtenido por una mano traidora, se le volvería a escapar.

Como si también él notara el cariz que tomaba el duelo, Corellon arremetió, se agachó para esquivar el golpe del orco, salto y apuntó con la espada de Gruumsh.

El orco supo de inmediato que no tenía ninguna opción de parar la estocada del elfo. Instintivamente, se inclinó y propulsó hacia arriba la daga para bloquear el golpe mortal. El acero elfo se clavó en el antebrazo de Gruumsh hundiéndose entre el radio y el cúbito. El orco se llevó el brazo al rostro.

Demasiado tarde Gruumsh se dio cuenta de que seguía empuñando la daga, Su propia arma le desgarró la estrecha frente. Gruumsh oyó el horrible sonido del húmedo metal atravesando el hueso y sintió que la resistencia cedía súbitamente cuando la hoja se deslizó hacia abajo. Entonces, todas las sensaciones se desvanecieron en una candente explosión de dolor.

Corellon saltó hacia atrás y liberó su espada del brazo del orco, para que la caída de su rival no lo arrastrara. Por un largo instante contempló a su adversario caído. El dios orco rodaba sobre sí mismo y se retorcía en inmortal agonía en un suelo que daba claro testimonio de la batalla. Con las manos Gruumsh se tapaba los ojos, uno de los cuales estaba cegado por el copioso flujo de sangre que manaba de la herida de la cabeza, mientras que el otro estaba cegado para siempre. Exceptuando el ojo perdido, la mayoría de las heridas de Gruumsh sanarían, demasiado rápidamente en opinión de Corellon, pero por esa noche se había acabado la batalla.

El dios elfo envainó de nuevo a Sahandrian. Sus dedos tocaron piel y sintió una punzada de tristeza en medio de la euforia. Pese a que la victoria era suya, la maravillosa funda acolchada que Aurashnee había tejido para él —y que él llevaba en la batalla como prenda de amor— se había perdido durante el terrible duelo.

—Eres un perjuro, estás ciego y te he vencido —dijo Corellon fríamente—. Pero todo esto no es pago suficiente por lo que he perdido hoy.

El orco se limpió la sangre de la cara y con su único ojo sano miró de soslayo a su enemigo.

—No entiendes nada, elfo —gruñó Gruumsh—. Y ni siquiera imaginas qué has perdido. ¡Ni siquiera conoces los nombres de tus enemigos! En cuanto a la derrota, ¡no la admito! Mátame ahora, si puedes, y tu diosa plateada será testigo de que has ejecutado a un enemigo que estaba herido y desarmado.

Corellon levantó la mirada hacia la luna y supo que, al menos en eso, el orco decía la verdad. La diosa de la luna y los misterios lo vería todo y su honor la obligaría a comunicar tal deshonrosa acción al Consejo del Seldarine. Aunque lo deseara, Corellon no podía matar al caído Gruumsh y, según los términos de su trato, tampoco podía expulsarlo del Olimpo si el orco no quería marcharse.

—Has hablado de otros —dijo el Señor de los Elfos echando un vistazo a las silenciosas lomas—, pero yo no veo a nadie dispuesto a recoger tus armas.

—Mientras te encuentres en el Páramo no necesito ayuda de nadie —afirmó el orco con una sonrisa de suficiencia—. Te queda un largo camino hasta Arvandor, elfo, y te tambaleas como un árbol joven en pleno vendaval. Vete si puedes, yo estaré cerca. Un ojo es más de lo que necesito para seguir un rastro por estas colinas. ¡Si sigues en pie cuando dé contigo, lucharemos de nuevo, y si no, te mataré en el suelo!

Corellon fue incapaz de mofarse de esa infame promesa. La fiebre de la batalla ya casi se le había pasado y empezaba a sentir el dolor de sus heridas. Era posible que el orco, pese a estar gravemente herido, pudiera cumplir su promesa. Sin decir ni media palabra más Corellon dio media vuelta y marchó hacia Arvandor.

La cortina de boscaje que rodeaba Arvandor era densa y profunda. Los extraviados podían caminar días y días por los bosques circundantes sin cruzar ni una sola vez sus límites, quizá sin ni siquiera darse cuenta de que el camino estaba bloqueado. Árboles milenarios cambiaban de posición para confundir a los caminantes; surgían sendas al azar que después desembocaban en una charca del bosque o en un lecho de helechos; los arroyos se convertían de pronto en vastas y profundas simas; de las densas y enmarañadas enredaderas brotaban espinas o simplemente se negaban a separarse. Arvandor era un refugio y una fortaleza.

Escondida entre las verdes sombras que rodeaban y protegían Arvandor, una diosa elfa escrutaba los bosques desde las ramas más altas de un árbol. Sus delgados dedos negros aferraban la rama y su hermoso rostro reflejaba una funesta premonición.

Ya hacia tres días que Corellon Larethian, su amado y señor, había partido para reunirse con el dios orco, y Araushnee aguardaba con ansiedad el resultado de la entrevista. Ella tenía mucho que perder; quién sabe qué podría ocurrir en el Seldarine si Corellon no regresaba. Pese a que ninguno de los dioses elfos podía reemplazar a Corellon, seguro que muchos lo intentarían.

La relación de Araushnee con el líder del Seldarine era única. Corellon Larethian era el epítome del elfo: guerrero, poeta, mago, bardo, hombre y mujer. Pero desde la llegada de Araushnee había adoptado un único aspecto: el de un elfo dorado de sexo masculino. En ella había encontrado su pareja ideal: ella femenina, él masculino; ella artista, él guerrero, ella representante de los misterios de la noche, él de la luminosidad del día. Aunque Araushnee no era más que una diosa menor, había cautivado a Corellon con su belleza, y el principal dios elfo la había convertido en su consorte. Asaushnee le había dado hijos —dos gemelos que tenían la misma oscura belleza que ella—, y él le había otorgado nuevos poderes. Como amada de Corellon, Araushnee ocupaba un lugar de honor en el Seldarine y, por decreto del dios, controlaba el destino de los elfos mortales que compartían su oscura belleza. La diosa gozaba con ese poder y temía su pérdida al menos tanto como el resultado de la batalla.

Su aguzado oído percibió un débil sonido, era el lejano crujir de la maleza al ser hollada por unos pies calzados con botas. Ningún dios elfo armaría tanto ruido. Finalmente Araushnee tenía su respuesta.

La diosa se deslizó desde su atalaya al suelo en un hilo de magia. Sus chinelas se posaron sobre el suelo del bosque en silencio, pero antes de poder dar un solo paso hacia el victorioso orco, sus ojos vieron algo que no esperaba.

Corellon.

No la separaban del Señor de los Elfos más que una docena de pasos. Corellon avanzaba lentamente y se veía tan maltrecho como un suelo pisoteado por cientos de pies, pero aun así se movía por los bosques como un soplo de viento. La mirada de Araushnee se posó en su cadera. La funda que ella había tejido y encantado había desaparecido, pero la espada Sahandrian estaba intacta y la envolvía una invisible aura que llevaba el inconfundible toque de la magia lunar de Sehanine.

Los ojos carmesíes de Araushnee ardieron ante esa nueva injerencia de su rival en sus asuntos personales. Ofuscada por la rabia, la diosa se levantó una mano como si pretendiera borrar la obra de Sehanine. De las puntas de sus dedos de ébano brotó espontáneamente un estallido de magia que se convirtió en una vasta cortina, que bloqueó el bosque en todas direcciones, hasta donde la vista alcanzaba.

Corellon se detuvo, desconcertado ante la aparición de la reluciente barrera que le impedía, justamente a él el paso a Arvandor.

La inquietud se apoderó de Araushnee. Sin duda el dios sabría quién había levantado esa barrera y, por enamorado que estuviera de ella, lo consideraría un acto de traición. Además, por débil que estuviera, fácilmente eclipsaría la magia de una diosa menor. ¿Y qué seria entonces de ella? Condenada por un único impulso; todo su trabajo destruido.

Araushnee pensó rápidamente y empezó a tejer otro tipo de red. Salió de las sombras para que Corellon la viera, con una expresión de fingido alivio y bienvenida.

—Pasa, amor mío —dijo en silencio, transmitiendo esas palabras a la mente de Corellon—. A ti te permitirá pasar, pero detendrá al orco. Ven y cura tus heridas.

Araushnee sintió el estallido de gratitud y amor que Corellon le enviaba en respuesta, así como la sacudida de una oleada de fatiga abrumadora. Al notarlo, Corellon se desconectó de ella al punto y atravesó la telaraña de Arasuhnee con la misma facilidad con a que un halcón atraviesa una nube. Después de besar los dedos de su amada a modo de saludo, Corellon desapareció en la espesura en busca de los árboles de Arvandor.

Arasuhnee se quedó donde estaba. Por mucho que le desagradara la idea, tendría que hablar con Gruumsh, pues sólo él podría responder algunas preguntas.

La diosa no tuvo que esperar mucho. Al parecer, el dios orco había encontrado un rastro elfo —a Araushnee no le importaba si era el suyo o el de Corellon—, y se aproximó a ella abriéndose paso como un loco entre la espesura.

Iba hacia la telaraña.

El orco cayó de bruces en ella. Gruumsh se debatió salvajemente, rugiendo y maldiciendo, pero sólo consiguió enredarse aún más. Procedente del bosque flotó la risa de Corellon, un sonido semejante a campanillas de oro, hermoso incluso cuando se mofaba.

El Señor de los Orcos redobló sus esfuerzos, pero estaba atrapado sin remedio. «Sin duda las defensas naturales de Arvandor también lo hubieran detenido con o son mi intervención», se dijo Araushnee con una irónica sonrisa. A Corellon no se le había ocurrido; los encantos de la diosa lo tenían tan encandilado que tan sólo era capaz de ver lo que ella quería.

—Estúpidos —siseó la diosa mientras contemplaba al cautivo y observaba al otro. Tras pronunciar este epíteto Araushnee se preguntó si el orco o el elfo merecerían algo mejor.

Elaine Cunningham
Elaine Cunningham